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DEVENIR BACANTE
UNA VERSIÓN DE LA TRAGEDIA DE EURíPIDES

Luciana Prato
 

 

Rendido a la rareza —que le empuja a desempeñar
el papel de extranjero en el interior de una ciudad
de la que es parte integrante-, Dionisos traza en su
deambular entre la orilla y el centro las vías dobles
y entremezcladas de la transgresión en tres terrenos esenciales:
el sacrificio, la caza y el matrimonio.

Marcel Detienne

 

Una versión extranjera

La mujer es una versión. El hombre es una versión. La mujer bacante es una versión. Cada versión lleva un narrador, lleva a un narrador. Y una a una se entretejen las versiones en una trama, trama que conforma la materialidad de un algo, de lo mismo. ¡No!. No de lo mismo, de otra cosa, una otra versión transfigura lo que es en otra cosa.

Y he aquí una versión extranjera. La bacante es figura extranjera por excelencia, como Baco su divinidad. Baco, una versión de Dionisos.

¿Y por qué territorializarse en el extranjero? Porque el extranjero sacude el dogmatismo amenazante del logos paterno: el ser que es y el no-ser que no es. El extranjero habla otra lengua, incomprensible a veces, inentendible, viene desde tierras otras, distintas y por ello nos cuestiona, nos golpea, nos impacta. (Véase La Hospitalidad, de Derrida quien lee a Platón, "Parménides").

Ubicarse en un lugar no familiar trae aparejada la impronta de desplazarse en una geografía del pensamiento que atraviese órdenes, accidentes, plegamientos. Y desde ese lugar o quizás ese no-lugar adviene en mí la provocación de pensar desde las mujeres bacantes -como lado oscuro, velado de la polis- las posibilidades de un nomadismo social de los confines llamado a agrietar, destituir, quebrar espacios, lenguas, leyes, gramáticas.

Intentaré pensar en los elementos que esas mujeres, -doblemente ubicadas en el lugar de lo otro, por su condición de femeninas, y luego transgresoras de las funciones de esposas y madres- develan para interrogar lo social.

Ubiquémonos. Siglo V a.C. polis griega, legalidad masculina que determina un espacio para las mujeres. Las bacantes subvierten esa legalidad, están fuera de la ley por correr tras Baco, divinidad que las euforiza. Y rompen las filiaciones, los ligamentos y ya nadie las filía. Sólo ellas y el dios. Y danzan, y ríen y gozan.

En principio, vislumbramos en la obra dos órdenes en tensión. El masculino, que tiene su epicentro en la ciudad coronada por los dioses del Olimpo y estructurado bajo un instinto apolíneo (Ver el Nacimiento de la tragedia y todo lo que se escribió luego sobre ello). Y el presentado por las bacantes, alteridad de los márgenes, ligada a la divinidad del exceso, Dionisos. Pero este orden alterno se constituye como tal por la mirada de los hombres, que lo consideran un desorden en tanto las seguidoras de Dionisio instalan una legalidad otra. Legalidad no comprendida, legalidad que no se estrecha en las murallas de la polis, legalidad que recorre y transita lo que no quiere ser recorrido ni entendido por Zeus.

¿No es, quizás, una muestra de ello la misma relación dios-diosa, Zeus-Hera, que manifiesta la imposibilidad de toda legalidad que intente establecer una regulación entre lo masculino y lo femenino?

Entonces, ¿existe la posibilidad de un pensamiento que atraviese oblicuamente la dualidad de esa oposición?. O más aún, ¿una posición existencial que devenga línea de fuga entre estos órdenes?. Considero arbitraria la fijación dogmática en uno u otro de estos órdenes. Postulo rescatar un Dionisos que perfora, invita, deambula, corre por los márgenes y no se limita a la estrechez de las oposiciones. Un Dionisos que no se ubica con las féminas delirantes para resistir el orden masculino sino que puede ser homosexual, bisexual, transexual. O mejor, la posibilidad de un Dionisos travestido, dios de las máscaras, que devenga otros tras diferentes disfraces. Otros, que son otras. Dionisos que puede devenir otras versiones. Como en el teatro. Dionisos es divinidad del teatro.

¿Constituyen las bacantes la posibilidad de un orden diverso, extranjero? ¿o son la irrupción informe de la licencia, que en tanto reducida a las afueras de la ciudad, es aceptada como un espacio de resistencia que no hace más que afianzar el orden masculino?. ¿En qué medida su práctica o estado puede erosionar, corroer el orden vigente? ¿Funcionan como fisuras que agrietan o sólo reafirman el orden a priori, en tanto se exacerban los controles para mutilar esos fenómenos anormales?.

Las mujeres como lo otro

Diversos niveles de otredad se combinan, cruzan, superponen, fracturan como una topología de mesetas, en la figura de la mujer (Ver Mil mesetas, Deleuze y Guattari). En primer lugar como lo otro en una cultura falogocéntrica estructurada bajo el patrón-masculino: hombre occidental, blanco, macho, hoy cristiano.

Luego mujeres bacantes, que siguen a Dionisos y viven entre ellas, fuera de la legalidad del matrimonio y la maternidad, que rehúsan todo contacto con los hombres en tanto administradores del poder que intenta limitar el ámbito de las mujeres al territorio de la polis regulada. Mujeres que huyen del espacio cerrado y protegido del gineceo, de la casa, para salir al espacio abierto y libertario de la montaña, la selva, lo salvaje. Mujeres entregadas a lo eternamente en tránsito, nunca detenidas en legalidades pétreas, mujeres que atraviesan los espacios en busca de lo ilimitado.

Tras Dionisos se vuelven voraces y se transforman en cazadoras. Baco opera mutaciones en sus seguidoras. Entonces, otredad también en tanto cazadoras, ya que la caza es un territorio estrictamente reservado al hombre. Las bacantes además de ser mujeres cazadoras lo son sin ciudad, deambulan pendientes escarpadas, al borde del abismo perforando murallas. En las afueras de la ciudad, siempre deviniendo tránsitos diversos constituyen un mundo invertido desde el punto de vista del ciudadano hoplita. Entonces, subvierten el espacio femenino constituido por la matrona y a la vez invierten el lugar del ciudadano guerrero.

Son cazadoras que transgreden las reglas de la cinegética, cazan no con armas e instrumentos, resultado del trabajo civilizado, sino que cazan con el cuerpo.

"Su madre, la primera, comenzó como sacerdotisa el sacrificio, y se abalanzó contra él. (...) ella, echando espuma por la boca, extraviadas sus pupilas, en pleno desvarío, sin cuidar lo que debía cuidar". (1115...)

Subvierten también la prohibición de comer carne humana, (primer orden de prohibición) y carne cruda (segundo orden de prohibición). Son mujeres que se asoman y enlodan en el horror, la muerte, lo animal, lo divino, poseídas por un dios ebrio que deambula en la tierra, que penetra el cuerpo y lo extasía al son de flautas con una danza frenética, circular, inacabada.

"Ellas gritando victoria desnudaban sus costados a tirones. Y todas, con las manos teñidas de sangre, se pasaban una a otra la carne de Penteo. Su cuerpo yace esparcido, parte al pie de las ásperas rocas entre la densa enramada del bosque". (1130)

Las bacantes no sólo desgarran (sparagmós) y comen el cuerpo de un hombre, sino que ese hombre, Penteo es hijo y es el rey.

Penteo es el rey de Tebas que prohíbe la introducción de los ritos dionisíacos y es hijo de Agave, una de las ménades (nombre griego de las bacantes).

Estas mujeres formadas por plegamientos de otredades se erigen como amenaza permanente para el mundo civilizado. El borde, la grieta, lo inapresable en órdenes amurallados, la carne formada en hormas anómalas siempre es visto como amenaza necesaria de extirpar.

En torno a la caza

El arte de la caza es una actividad fundamentalmente masculina en la que el hombre domina el espacio salvaje, erigido como paisaje ajeno a la mujer-esposa. Como ritual de iniciación el joven niño es arrebatado del calor de los cuerpos femeninos y se adentra en el espacio salvaje para enfrentarse a las fieras y con el derramamiento de sangre prepararse como guerrero. Es la hazaña cinegética la que posibilita la integración en la clase política de los adultos, el ingreso a la polis. Carne sangrante del animal como pasaporte a la legalidad interna a las murallas. Carne, piedra. Salir fuera, para ingresar al orden.

¿Salir dónde?. Salir al espacio salvaje de lo prohibido, a territorios foráneos. Foráneos en tanto exceden los límites de la casa y son espacios ajenos al matrimonio. El hombre sale de ese ámbito para sumergirse en la oscuridad de lo salvaje donde al silencio de las reglas sociales, se despliegan los caminos prohibidos, se enuncian las desviaciones y se llevan a cabo las transgresiones (Ver Marcel Detienne, La muerte de Dionisos). Se sale, regladamente, para regresar. Se va afuera para ser integrado al espacio de la ciudad.

En esta arquitectura legalizada de lo prohibido, la mujer no ingresa, queda relegada de la territorialidad de la caza.

Apuntes sobre Artemisa

Artemisa, "Señora de las fieras" es la deidad femenina de la caza. Diosa de ese arte masculino, pero virgen. Tiene por función descubrir bosques y montañas a las jóvenes ninfas que luego son entregadas en matrimonio. Devela los territorios ajenos a los límites de la polis pero para marcar la nitidez de los confines. De un lado la civilización, del otro el salvajismo. De un lado la niñez, del otro el ser adulto. Hasta aquí lo masculino, más allá lo femenino.

La Señora de las fieras es diosa de lo salvaje, los animales, la fecundidad y de las jóvenes en tanto no integradas a la sociedad, no civilizadas aún. Esto indica que señala los límites para iniciarlas, educarlas, formarlas y luego ubicarlas en el minúsculo cubículo del gineceo en que se las concibe desde la legalidad masculina. Esta diosa habita los confines, las zonas limítrofes, la frontera entre el mundo civilizado y el salvaje pero como centinela de las reglas que legalizan la actividad cinegética.

El arte de la caza está imbuido de una estricta disciplina, es una práctica controlada y sometida a una férrea normalización, prescribe obligaciones y prohibiciones. La amenaza para quien se atreviese a atravesar esas normas de la caza es caer en el salvajismo y la bestialidad, a ello se debe la presencia de Artemisa que puede ingresar al territorio masculino, pero es virgen y nodriza de las jóvenes a quienes somete a la horma normalizadora de la carne que marca a fuego las líneas divisorias.

Lo otro de lo otro

Primer orden de otredad: la caza. Segundo orden de otredad: violar las normas de la práctica. Las mujeres poseídas por Dionisos subvierten las reglas de la caza. Entonces constituyen lo otro de lo otro. Integran y superponen ambos niveles.

Las mujeres por naturaleza son salvajes en tanto ligadas a la reproducción, a la tierra, a la fecundidad.

Entonces, las bacantes violan un territorio masculino, y además niegan la legalidad de la práctica cinegética. Reemplazan los instrumentos de caza, civilizadas jabalinas por sus salvajes cuerpos jadeantes. Reemplazan al animal sacrificado por un hombre disfrazado que espía, que no sólo es hombre sino hijo y rey.

Penteo: animal sacrificado

Nada más alejado del hombre civilizado que un animal de matadero. Para trazar esas distancias, la legalidad masculina y sus deidades.

Pero ocurre que en esta tragedia las bacantes, maniáticas por la ingestión del vino (Ver De Usía a Manía de Gómez Pin) confunden a Penteo, rey de Tebas que se ha disfrazado de mujer para espiar las conductas anómalas de estas mujeres, con un león. Confusión de la identidad propia y de lo que yace en torno.

El cuerpo del rey como figura que encarna el orden, es desmembrado, desgarrado, desgajado y dispersado en el monte. Varios niveles de prohibición son atravesados por las garras de las mujeres sumergidas en un estado de en-dios-a-miento: la prohibición de comer a los semejantes, la prohibición de matar a un hijo, la de comer carne cruda, la de mutilar la carne del rey.

Penteo es un teómaco en tanto cuestiona al dios y lo rechaza, es más encarcela a sus seguidoras y encierra al mismo Baco. Pero, resistir a Dionisos es reprimir lo elemental de la propia naturaleza, es no querer ver lo oscuro que yace en lo civilizado (Todo ver es ver-abismo, dice Nietzsche). El orden sostenido por el monarca, niega la intensidad que convoca el dios y entonces sufre como castigo el colapso completo de los diques de la civilización. Penteo es visto como animal para el sacrificio, es degradado al lugar del toro, es identificado con el mismo Dionisos. Sufre en su carne el rechazo de lo diverso.

La víctima a la que se da muerte colectivamente adquiere el sentido de lo sagrado, debido a que en un frenesí religioso se realiza un ritual de adoración al dios en el que el cuerpo del rey es ofrecido en sacrificio a Dionisos. Sacrificio a las deidades. Ya no tibios humos, materialidad evanescente, etérea, intangible, de carnes animales asadas como en los sacrificios cívicos sino cruda carne sangrante y aún doliente. Dionisos quiere la intensidad del cuerpo, Dionisos toma el cuerpo y lo desgarra.

Si podemos leer que Dionisos es ingerido en tanto se hace carne, se en-carna en el cuerpo de las mujeres bacantes, la muerte de Penteo significa transformar el cuerpo del rey en lo inverso de sí mismo. Es convertido, es transfigurado en su enemigo, en el dios que aborrece y niega. Juego de las identificaciones, de las mutaciones, transformaciones y transfiguraciones.

La muerte de Penteo conserva un signo de vida en tanto muerte del orden mayoritario, muerte de la figura del rey que sostiene ese orden. Y por ello abertura a lo ilimitado. Y a la vez el sacrificio vincula el comer con la verdad de la vida revelada en la muerte. Mujeres que comen la muerte, carne aún sangrante y desgarrada, y manifiestan la violencia interior que el dios convoca en ellas. Vida en la muerte.

"Cuando la vida de la sociedad y de la naturaleza se halla resumida en la persona sagrada de un rey, es la hora de su muerte la que determina el instante crítico y es ella la que desencadena las licencias rituales. (...) El sacrilegio es de orden social. Es perpetrado a expensas de la majestad, de la jerarquía y del poder. (...) Al frenesí popular nunca se le opone la más mínima resistencia: tiene la misma consideración que tuvo la obediencia al difunto". (Roger Callois citado por Bataille)

El desgarramiento de la carne del poder opresor imperante traza líneas de posibles aperturas a otros órdenes, a otros modos de ser, hacer, sentir, actuar. Pero tampoco se trata de intercambiar la obediencia al poder de Penteo, el rey, por la obediencia frenética a las bacantes. Si no se caería en el perverso amor al líder, que es además intercambiable, (Penteo por Dionisos) pero que encauza la misma obediencia, el mismo terror, la misma fascinación. La perspectiva de vida que subyace al destrozo del cuerpo del rey y del hijo (no olvidar el orden maternal) es transformar, modificar, imprimir vida a las reglas estáticas, es romper, es ir más allá.

Rituales dionisíacos

Dionisos, dios ebrio y errante, deambula por las afueras de la ciudad, atraviesa territorios. Dios anunciado por el relámpago cuya esencia es la locura, la transgresión, el exceso, irrumpe bruscamente en la vida terrena, abandonando la figura de dios por la de mortal para sustraer, a los que se atrevan a seguirlo, de la existencia cotidiana, del curso normal de las cosas, de sí mismos. Y conducirlos más allá.

"Allí espera la turba de mujeres, libre de telares y lanzaderas, como un tábano las aguijonea Dionisio"(115)

¿Para qué ir más allá?, ¿para qué romper? ¿para qué quebrar?. ¿Qué hay detrás de las máscaras? ¿Hay algo? ¿Hay nada? ¿Para qué bailan las bacantes, para qué salen, quiebran, danzan?. Todo para entrar en trance e ir más allá, para llegar a algún lugar, a otro lugar. A otro lugar que el impuesto, que el destinado, que el otorgado férreamente. Las bacantes rompen, desgarran para llegar no saben dónde, pero sienten que deben seguir al dios. Su dios. Su vocación de respuesta es la que se agita, la que agita sus cuerpos.

"Este dios es también adivino porque lo báquico y lo delirante tienen un gran poder profético. Pues cuando el dios entra en el cuerpo hace predecir el futuro a los poseídos por el delirio" (297ss)

Dionisos es quien denuncia o manifiesta el más allá, referido a la condición del hombre entre los animales y los dioses. Más allá en tanto lo ilimitado, lo impensado, lo intransitado, lo inexperimentado. Este más allá cobra la forma del estado de la bestialidad cruel que impone la omofagia. Se diluyen las distancias entre dioses y hombres, se hace ausente toda diferencia entre animalidad, divinidad y humanidad. Dionisos es múltiple y polimorfo, más que cualquier otra potencia del panteón, y convoca lo extraño, lo diverso, lo aún ausente. Llama a lo común a devenir otro, a hacer la experiencia de una evasión hacia una desconcertante foraneidad. Transforma a las mujeres en extranjeras, corta los lazos parentales, y ellas abandonan hijos y esposos para correr al monte.

"Hay placer en la montaña, cuando desde el tíaso a la carrera, cubierto con la sagrada piel de cervato, se arroja al suelo para cazar la sangre del macho cabrío, gozo de la carne cruda" (134 ss)

Placer y gozo desenfrenado que borra los límites que protegía Artemisa en el espacio abierto más allá de la ciudad. Probar la carne humana forma parte de los comportamientos que tienden a volver salvaje al hombre, y permiten establecer, mediante la posesión, un contacto más directo con Dionisos, devorador del hombre. Es el cuerpo el que se involucra intensamente en la adoración del dios. Música de flautas y timbales, vino que transporta, danza que condena a bailar sin detenerse. Liberación de las fuerzas oscuras que se silencian en el orden cívico. Lo irracional en lo racional, lo racional en lo irracional. "Es con sus músculos como más fácilmente obtiene conocimiento de lo divino" una mujer bacante, una mujer en que el dios convoca las fuerzas que la habitan.

Devenir animal de Dionisos, devenir animal de las bacantes, devenir animal de Penteo en tanto tomado por las mujeres como víctima del sacrificio. Puede significar transitar las formas de ser no experimentadas, anulando órdenes, o atravesando, fisurando. Las prohibiciones no afectan ni a las esfera animal real ni al ámbito de la animalidad mítica; no afectan a los hombres soberanos cuya humanidad se esconde bajo la máscara del animal. Las mujeres bacantes son soberanas en tanto son conducidas a un más allá intransitado. Puro movimiento y desenfreno, pura energía y vitalidad, puro tránsito y mutación.

Dos órdenes: reflexiones sobre la fascinación-devoración

       Irrupción frenética la de Dionisos que quiebra el orden cotidiano de la ciudad helénica. En principio, podemos pensar dos órdenes en tensión. El sostenido por el rey Penteo, masculino, cuyo epicentro es la ciudad, iluminada por las deidades del Olimpo. Ordenamiento también de las afueras del espacio cívico. Límites y reglas de la caza. Y un orden diverso, inyectado en las mujeres por Dionisio, situado en el espacio salvaje del cuerpo, del monte, del afuera, de lo polimorfo. Dios que desciende a la tierra, penetra los cuerpos, invita a rituales sangrientos y corre el velo a lo inexplicable por los valores establecidos en el territorio de los hombres.

"Ya se propaga como un fuego el frenesí de las ménades, grave afrenta contra los helenos. No hay que vacilar, ve a la puerta de Electra, que se presenten jinetes, de caballos rápidos, y los arqueros. ¡Vayamos contra las bacantes! Si vamos a sufrir de las ménades lo que nos sucede, ningún mal podrá superar a este." (778 ss)

Con el ejército de guerreros Penteo intenta resistir a las bacantes, mas el poder de la fusión de lo animal, lo salvaje y lo divino que deviene de transitar las fronteras, el más allá, los subterfugios que se abren en la espesura del orden del hombre, desata una intensidad y una fuerza inusitada.

"¿Queréis que cacemos a Ágave, la madre de Penteo, en medio de las bacanales, y nos ganemos así el agradecimiento del rey?. Nos pareció bien y nos pusimos al acebo, ocultándonos entre los matorrales" (720 ss)

¡A cazar bacantes!. El hombre sumiso ante el líder-rey que fascina y atemoriza, que otorga poder, busca como presas a las bacantes para recibir honores. Orden de la apariencia, la figuración, las jerarquías. Pero, ¿quién es la presa? Quien creyó poder cazar a las mujeres, quien creyó destrozarlas con los ejércitos para mutilar lo otro, fue ferozmente desgarrado.

Desmembramiento de un orden, posible constitución de otro orden.

"Ellas despertando de un profundo sueño, se pusieron en pie de un brinco, ¡era admirable su orden! Jóvenes, viejas y muchachas aún sin casar..." (693)

La práctica de las bacantes es desorden, es locura desde el centro masculino que otorga y distribuye los sentidos, pero en verdad es un orden diverso, distinto, rupturista. ¿qué es locura? ¿qué es desorden? ¿qué es anormal? ¿qué es usía? ¿qué es manía?.

Entonces: Dioses del Olimpo, rey Penteo, orden masculino, mujer en matrimonio. Y Dionisos, mujer extasiada, tránsito por los bordes, las afueras, el más allá. ¿Cómo se practican las adoraciones a estas deidades?

Pueden leerse en el texto indicios que develan el amor al líder que despierta Penteo. Pavor y temor, amor en el orden de la fascinación, del estar hechizado, hipnotizado por esa figura externa, inalcanzable, grandiosa.

En cambio Dionisos es deglutido como cabrito o toro sacrificado. Al ser ingerido ingresa en los cuerpos, se diluye y potencia en las danzas y la música que euforiza los cuerpos poseídos. (Cualquier coincidencia con ritos cristianos no es azarosa, cualquier diferencia, tampoco. Resignificaciones de la versión. Versiones). Hundir la carne del dios en la carne propia, hincar los dientes en la vida que otorga la carne sangrante de esa divinidad extranjera. Dios en-cuerpo. Cuerpo en-dios.

En el orden de Penteo funciona la fascinación, hechizo que se desliza en la superficie, se maravilla ante la figura intangible. Pero lo monstruoso en Dionisos, ese ámbito de lo otro, lo oscuro, lo subterráneo, lo velado, esa mueca del horror que irrumpe en el orden apolíneo, sólo puede mirarse de frente. ¿Qué sería mirar de frente?. Frente a frente con Dionisos. Frente a uno mismo. Frente a lo horroroso subterráneo, frente a lo animal postergado. En-frentarse.

En los rituales dionisíacos la máscara de Dionisos circula a través de la danza, cada uno debe encontrarse cara a cara con ese rostro. Pero esta divinidad exige que se penetre en el campo de la fascinación, que se horade la figura corriendo el riesgo de quedarse atrapado en ella. Corriendo el riesgo de enloquecerse. Mirar la máscara de Dionisos que circula en la ronda de mujeres es quizás ver el propio rostro de lo salvaje, lo animal. Mujeres que danzan alrededor de la efigie del dios y del muerto, del cuerpo despedazado. La mujer que sale del orden de la ciudad y se asoma al abismo de la muerte, mira la muerte y la devora. "La prohibición que se instaura en relación al contacto con el cadáver, protegía al muerto refiriéndolo al deseo que otros tenían de comérselo" (Georges Bataille). La mujer atraviesa el tabú que rodea la carne del cadáver, realiza el deseo de deglutir. Interviene, penetra, muerde, desgarra. (Paradojas e intensidades femeninas. En la mujer se halla la vida y la muerte. Dama pétrea es la muerte y no hombre caballeresco).

Los ojos-las entrañas

El orden masculino, estructurado en la fascinación por el dios puede ligarse con la preeminencia de lo visual, los ojos, la mirada. Penteo simula ser bacante para espiar a las mujeres, para ver sin ser visto.

"Penteo: ¡Traed aquí las armas, y tú deja ya las palabras!

Dioniso: ¡Espera!, ¿quieres verlas sentadas en los montes?

P: Si, daría infinito peso en oro.

D: ¡Qué! ¡Tanto ha sucumbido ante su pasión por ésto!

P: Será penoso para mí verlas embriagadas.

D: ¿Y verías con gusto lo que para ti es amargo?

P: Sí, sentado en silencio, bajo los abetos" (809ss)

Una mirada que vigila, censura, condena, espía, que mira sin ser vista. Un orden ligado a la mirada se detiene en la instancia apariencial, figurativa, representativa. Se alimenta de imágenes, figuras idolatradas o condenadas, aplaudidas o desterradas.

"Cuando Baco levanta en alto la llama roja de la tea del pino, a la carrera con su antorcha dejando al aire sus delicados rizos, con danzas y alaridos agita a las delirantes mujeres, bramando con cantos de evohé".(145ss)

En cambio, Dionisos, toma el cuerpo y desde las entrañas arranca alaridos y gritos a sus seguidoras. La voz surge, la voz urge del fondo, el grito brota de las cavernas oscuras de lo animal en el hombre.

El poder de la mirada opuesto al poder que se manifiesta a través del oído-voz-grito. Coros báquicos que gozan en el espacio circular de la danza sagrada, trayecto circular que unifica y convoca lo animal. Dionisos invita a atravesar. A trazar círculos entre reglas estancas y lineales, a destruir con alaridos las pieles tersas que velan el horror.

Ideas Transitorias devenidas en in-conclusión provisoria

¿Por qué intentar hoy un análisis de esta tragedia? ¿qué sentidos pueden hilvanarse a partir de su lectura?. ¿Qué nos dice esta versión?

Las versiones existen porque hay la posibilidad de otorgar distintos sentidos a la palabra, a los signos, a las narraciones. Hay la posibilidad de heterodoxas versiones de las bacantes y hay la posibilidad de diferentes versiones del orden si el mundo tal cual es, se devela como no natural, como contingente. Entonces Las Bacantes puede decir sobre un orden otro.

La figura de las bacantes nos devela esa alteridad del orden, la posibilidad de pensar, de actuar, de sentir una existencia diversa. Las bacantes son manifestación de la no univocidad de los sentidos del orden, de los modos de ser, actuar, decir.

El cuerpo del rey es desgarrado, Dionisos hinca su locura en las carnes de la ciudad de Tebas, pero ¿cómo continúa el relato?, ¿es la práctica de las bacantes la imposición de un orden femenino opuesto a la razón masculina? ¿O el destierro de Ágave funciona como castigo que finalmente impide la constitución de un otro orden?. ¿No es posible que el desgarramiento de Penteo haga que el orden masculino se intensifique en tanto evitar otras alteraciones, controlar el menadismo?. Puede pensarse y reafirmarse el triunfo de Apolo en la cultura actual, aunque la exacerbación del orden rígido, del poder para aplanar lo otro, integrar lo extranjero, borrar lo ajeno, mutilar lo distinto, puede y deba leerse como velo sobre la intensidad de aquello que se quiere dominar. Aunque, quizás también la práctica de las bacantes encierre la posibilidad de desgarrar algunos órdenes, horadando la carne jovial de un poder que pudre los cuerpos de los ciudadanos.

Las bacantes hoy, quizás, propone una filosofía que con un estrepitoso dionisismo devenga, como movimiento puro que conecte con mundos animales, vegetales, femeninos. ¿Qué es esto?. Es la posibilidad de deambular en lo diverso, lo distinto, lo no explorado, trazar líneas, heridas en la carne que atraviesen lo impuesto. Frente al patrón hombre de las mayorías favorecer las minorías en tanto penetrar otros espacios de pensamiento, de experiencia, de existencia. No en los términos chatos de oponer un orden femenino a otro masculino. La respuesta no se halla en lo sexual. Justamente la dificultad es nombrar lo sexual masculino y lo sexual femenino dividiendo netamente estos territorios y sus relaciones. Las bacantes presentan la imposibilidad e inutilidad de pensarlo de ese modo. Las bacantes son asumidas en tanto manifestación de lo otro, en los términos de un orden que atraviese oblicuamente esta dualidad.

Desde una perspectiva deleuziana puede entenderse que el orden de Penteo está obligado a devenir en otra cosa. Quizás en individuación que exige al hombre actitudes éticas como estéticas, opciones individuales de transformación, de mutación, de ingreso en las grietas.

Política del devenir. Y devenir es para Deleuze, siempre un dispositivo de lucha contra el estado en cualquiera de sus versiones. Estado que dice siempre del permanecer, del estar. Se trata, quizás, de quebrar órdenes, desgarrar el poder de la polis, ingresar en el territorio velado, prohibido, mutilado. Anarquía. Anarquía del individuo que desmembra el poder. Una política del devenir, devenir intenso, devenir bacante trae la capacidad de seguir pensando contra los sentidos congelados de la historia, seguir pensando, y luego actuando, trazando líneas y multiplicando dimensiones, y desgarrando las carnes putrefactas de lo permitido.


Con-versiones, Noviembre 2000

 

 

 

        

 

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