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DEVENIR
BACANTE
UNA
VERSIÓN DE LA TRAGEDIA DE EURíPIDES
Luciana
Prato
Rendido
a la rareza —que le empuja a desempeñar
el papel de extranjero en el interior de una ciudad
de la que es parte integrante-, Dionisos traza en su
deambular entre la orilla y el centro las vías dobles
y entremezcladas de la transgresión en tres terrenos esenciales:
el sacrificio, la caza y el matrimonio.
Marcel Detienne
Una
versión extranjera
La mujer es una versión. El hombre es una
versión. La mujer bacante es una versión. Cada versión lleva un narrador, lleva
a un narrador. Y una a una se entretejen las versiones en una trama,
trama que conforma la materialidad de un algo, de lo mismo. ¡No!. No de lo
mismo, de otra cosa, una otra versión transfigura lo que es en otra
cosa.
Y he aquí una versión extranjera. La
bacante es figura extranjera por excelencia, como Baco su divinidad. Baco, una
versión de Dionisos.
¿Y por qué territorializarse en el
extranjero? Porque el extranjero sacude el dogmatismo amenazante del logos
paterno: el ser que es y el no-ser que no es. El extranjero habla
otra lengua, incomprensible a veces, inentendible, viene desde tierras
otras, distintas y por ello nos cuestiona, nos golpea, nos impacta. (Véase
La Hospitalidad, de Derrida quien lee a Platón, "Parménides").
Ubicarse en un lugar no familiar trae
aparejada la impronta de desplazarse en una geografía del pensamiento que
atraviese órdenes, accidentes, plegamientos.
Y desde ese lugar o quizás ese no-lugar adviene en mí la provocación de
pensar desde las mujeres bacantes -como lado oscuro, velado de la polis- las
posibilidades de un nomadismo social de los confines llamado a agrietar,
destituir, quebrar espacios, lenguas, leyes, gramáticas.
Intentaré pensar en los elementos que esas
mujeres, -doblemente ubicadas en el lugar de lo otro, por su condición de
femeninas, y luego transgresoras de las funciones de esposas y madres- develan
para interrogar lo social.
Ubiquémonos. Siglo V a.C. polis griega,
legalidad masculina que determina un espacio para las mujeres. Las bacantes
subvierten esa legalidad, están fuera de la ley por correr tras Baco, divinidad
que las euforiza. Y rompen las filiaciones, los ligamentos y ya nadie las
filía. Sólo ellas y el dios. Y danzan, y ríen y gozan.
En principio, vislumbramos en la obra dos
órdenes en tensión. El masculino, que tiene su epicentro en la ciudad
coronada por los dioses del Olimpo y estructurado bajo un instinto apolíneo (Ver
el Nacimiento de la tragedia y todo lo que se escribió luego sobre ello).
Y el presentado por las bacantes, alteridad de los márgenes, ligada a la
divinidad del exceso, Dionisos. Pero este orden alterno se constituye
como tal por la mirada de los hombres, que lo consideran un desorden en
tanto las seguidoras de Dionisio instalan una legalidad otra.
Legalidad no comprendida, legalidad que no se estrecha en las murallas de
la polis, legalidad que recorre y transita lo que no quiere ser recorrido ni
entendido por Zeus.
¿No es, quizás, una muestra de ello la misma
relación dios-diosa, Zeus-Hera, que manifiesta la imposibilidad de toda
legalidad que intente establecer una regulación entre lo masculino y lo
femenino?
Entonces, ¿existe la posibilidad de un
pensamiento que atraviese oblicuamente la dualidad de esa oposición?. O más
aún, ¿una posición existencial que devenga línea de fuga entre estos órdenes?.
Considero arbitraria la fijación dogmática en uno u otro de estos órdenes.
Postulo rescatar un Dionisos que perfora, invita, deambula, corre por los
márgenes y no se limita a la estrechez de las oposiciones. Un Dionisos que no se
ubica con las féminas delirantes para resistir el orden masculino sino que puede
ser homosexual, bisexual, transexual. O mejor, la posibilidad de un Dionisos
travestido, dios de las máscaras, que devenga otros tras diferentes
disfraces. Otros, que son otras. Dionisos que puede devenir otras
versiones. Como en el teatro. Dionisos es divinidad del teatro.
¿Constituyen las bacantes la posibilidad de
un orden diverso, extranjero? ¿o son la irrupción informe de la licencia, que en
tanto reducida a las afueras de la ciudad, es aceptada como un espacio de
resistencia que no hace más que afianzar el orden masculino?. ¿En qué medida su
práctica o estado puede erosionar, corroer el orden vigente? ¿Funcionan como
fisuras que agrietan o sólo reafirman el orden a priori, en tanto se exacerban
los controles para mutilar esos fenómenos anormales?.
Las mujeres como lo otro
Diversos niveles de otredad se
combinan, cruzan, superponen, fracturan como una topología de mesetas, en la
figura de la mujer (Ver Mil mesetas, Deleuze y Guattari). En primer lugar
como lo otro en una cultura falogocéntrica estructurada bajo el
patrón-masculino: hombre occidental, blanco, macho, hoy cristiano.
Luego mujeres bacantes, que siguen a
Dionisos y viven entre ellas, fuera de la legalidad del matrimonio y la
maternidad, que rehúsan todo contacto con los hombres en tanto administradores
del poder que intenta limitar el ámbito de las mujeres al territorio de la polis
regulada. Mujeres que huyen del espacio cerrado y protegido del gineceo, de la
casa, para salir al espacio abierto y libertario de la montaña, la selva, lo
salvaje. Mujeres entregadas a lo eternamente en tránsito, nunca detenidas en
legalidades pétreas, mujeres que atraviesan los espacios en busca de lo
ilimitado.
Tras Dionisos se vuelven voraces y se
transforman en cazadoras. Baco opera mutaciones en sus seguidoras. Entonces,
otredad también en tanto cazadoras, ya que la caza es un territorio
estrictamente reservado al hombre. Las bacantes además de ser mujeres
cazadoras lo son sin ciudad, deambulan pendientes escarpadas, al borde del
abismo perforando murallas. En las afueras de la ciudad, siempre deviniendo
tránsitos diversos constituyen un mundo invertido desde el punto de vista del
ciudadano hoplita. Entonces, subvierten el espacio femenino constituido por la
matrona y a la vez invierten el lugar del ciudadano guerrero.
Son cazadoras que transgreden las reglas de
la cinegética, cazan no con armas e instrumentos, resultado del trabajo
civilizado, sino que cazan con el cuerpo.
"Su madre, la primera,
comenzó como sacerdotisa el sacrificio, y se abalanzó contra él. (...) ella,
echando espuma por la boca, extraviadas sus pupilas, en pleno desvarío, sin
cuidar lo que debía cuidar". (1115...)
Subvierten también la prohibición de comer
carne humana, (primer orden de prohibición) y carne cruda (segundo orden de
prohibición). Son mujeres que se
asoman y enlodan en el horror, la muerte, lo animal, lo divino, poseídas por un
dios ebrio que deambula en la tierra, que penetra el cuerpo y lo extasía al son
de flautas con una danza frenética, circular, inacabada.
"Ellas gritando victoria
desnudaban sus costados a tirones. Y todas, con las manos teñidas de sangre, se
pasaban una a otra la carne de Penteo. Su cuerpo yace esparcido, parte al pie de
las ásperas rocas entre la densa enramada del bosque". (1130)
Las bacantes no sólo desgarran (sparagmós)
y comen el cuerpo de un hombre, sino que ese hombre, Penteo es hijo y
es el rey.
Penteo es el rey de Tebas que prohíbe la
introducción de los ritos dionisíacos y es hijo de Agave, una de las ménades
(nombre griego de las bacantes).
Estas mujeres formadas por plegamientos de
otredades se erigen como amenaza permanente para el mundo civilizado.
El borde, la grieta, lo inapresable en órdenes amurallados, la carne formada
en hormas anómalas siempre es visto como amenaza necesaria de extirpar.
En torno a la caza
El arte de la caza es una actividad
fundamentalmente masculina en la que el hombre domina el espacio salvaje,
erigido como paisaje ajeno a la mujer-esposa. Como ritual de iniciación
el joven niño es arrebatado del calor de los cuerpos femeninos y se adentra en
el espacio salvaje para enfrentarse a las fieras y con el derramamiento de
sangre prepararse como guerrero. Es la hazaña cinegética la que posibilita la
integración en la clase política de los adultos, el ingreso a la polis. Carne
sangrante del animal como pasaporte a la legalidad interna a las murallas.
Carne, piedra. Salir fuera, para ingresar al orden.
¿Salir dónde?. Salir al espacio salvaje de lo
prohibido, a territorios foráneos. Foráneos en tanto exceden los límites de la
casa y son espacios ajenos al matrimonio. El hombre sale de ese ámbito para
sumergirse en la oscuridad de lo salvaje donde al silencio de las reglas
sociales, se despliegan los caminos prohibidos, se enuncian las desviaciones y
se llevan a cabo las transgresiones (Ver Marcel Detienne, La muerte de
Dionisos). Se sale, regladamente, para regresar. Se va afuera para ser
integrado al espacio de la ciudad.
En esta arquitectura legalizada de lo
prohibido, la mujer no ingresa, queda relegada de la territorialidad de la caza.
Apuntes sobre Artemisa
Artemisa, "Señora de las fieras" es la deidad
femenina de la caza. Diosa de ese arte masculino, pero virgen. Tiene por
función descubrir bosques y montañas a las jóvenes ninfas que luego son
entregadas en matrimonio. Devela los territorios ajenos a los límites de la
polis pero para marcar la nitidez de los confines. De un lado la
civilización, del otro el salvajismo. De un lado la niñez, del otro el ser
adulto. Hasta aquí lo masculino, más allá lo femenino.
La Señora de las fieras es diosa de lo
salvaje, los animales, la fecundidad y de las jóvenes en tanto no integradas a
la sociedad, no civilizadas aún. Esto indica que señala los límites para
iniciarlas, educarlas, formarlas y luego ubicarlas en el minúsculo cubículo del
gineceo en que se las concibe desde la legalidad masculina. Esta diosa habita
los confines, las zonas limítrofes, la frontera entre el mundo civilizado y el
salvaje pero como centinela de las reglas que legalizan la actividad cinegética.
El arte de la caza está imbuido de una
estricta disciplina, es una práctica controlada y sometida a una férrea
normalización, prescribe obligaciones y prohibiciones. La amenaza para quien
se atreviese a atravesar esas normas de la caza es caer en el salvajismo y
la bestialidad, a ello se debe la presencia de Artemisa que puede ingresar al
territorio masculino, pero es virgen y nodriza de las jóvenes a quienes somete a
la horma normalizadora de la carne que marca a fuego las líneas divisorias.
Lo otro de lo otro
Primer orden de otredad: la caza.
Segundo orden de otredad: violar las normas de la práctica. Las mujeres
poseídas por Dionisos subvierten las reglas de la caza. Entonces constituyen lo
otro de lo otro. Integran y superponen ambos niveles.
Las mujeres por naturaleza son
salvajes en tanto ligadas a la reproducción, a la tierra, a la fecundidad.
Entonces, las bacantes violan un territorio
masculino, y además niegan la legalidad de la práctica cinegética. Reemplazan
los instrumentos de caza, civilizadas jabalinas por sus salvajes cuerpos
jadeantes. Reemplazan al animal sacrificado por un hombre disfrazado que espía,
que no sólo es hombre sino hijo y rey.
Penteo: animal sacrificado
Nada más alejado del hombre civilizado que un
animal de matadero. Para trazar esas distancias, la legalidad masculina y sus
deidades.
Pero ocurre que en esta tragedia las
bacantes, maniáticas por la ingestión del vino (Ver De Usía a Manía de
Gómez Pin) confunden a Penteo, rey de Tebas que se ha disfrazado de mujer para
espiar las conductas anómalas de estas mujeres, con un león. Confusión de la
identidad propia y de lo que yace en torno.
El cuerpo del rey como figura que encarna
el orden, es desmembrado, desgarrado, desgajado y dispersado en el monte.
Varios niveles de prohibición son atravesados por las garras de las mujeres
sumergidas en un estado de en-dios-a-miento: la prohibición de comer a
los semejantes, la prohibición de matar a un hijo, la de comer carne cruda, la
de mutilar la carne del rey.
Penteo es un teómaco en tanto cuestiona al
dios y lo rechaza, es más encarcela a sus seguidoras y encierra al mismo Baco.
Pero, resistir a Dionisos es reprimir lo elemental de la propia naturaleza, es
no querer ver lo oscuro que yace en lo civilizado (Todo ver es
ver-abismo, dice Nietzsche). El orden sostenido por el monarca, niega la
intensidad que convoca el dios y entonces sufre como castigo el colapso completo
de los diques de la civilización. Penteo es visto como animal para el
sacrificio, es degradado al lugar del toro, es identificado con el mismo
Dionisos. Sufre en su carne el rechazo de lo diverso.
La víctima a la que se da muerte
colectivamente adquiere el sentido de lo sagrado, debido a que en un
frenesí religioso se realiza un ritual de adoración al dios en el que el cuerpo
del rey es ofrecido en sacrificio a Dionisos. Sacrificio a las deidades. Ya
no tibios humos, materialidad evanescente, etérea, intangible, de carnes
animales asadas como en los sacrificios cívicos sino cruda carne sangrante y aún
doliente. Dionisos quiere la intensidad del cuerpo, Dionisos toma el cuerpo y lo
desgarra.
Si podemos leer que Dionisos es ingerido en
tanto se hace carne, se en-carna en el cuerpo de las mujeres bacantes, la
muerte de Penteo significa transformar el cuerpo del rey en lo inverso de sí
mismo. Es convertido, es transfigurado en su enemigo, en el dios que aborrece y
niega. Juego de las identificaciones, de las mutaciones, transformaciones y
transfiguraciones.
La muerte de Penteo conserva un signo de vida
en tanto muerte del orden mayoritario, muerte de la figura del rey que sostiene
ese orden. Y por ello abertura a lo ilimitado. Y a la vez el sacrificio
vincula el comer con la verdad de la vida revelada en la muerte. Mujeres que
comen la muerte, carne aún sangrante y desgarrada, y manifiestan la violencia
interior que el dios convoca en ellas. Vida en la muerte.
"Cuando la vida de la
sociedad y de la naturaleza se halla resumida en la persona sagrada de un rey,
es la hora de su muerte la que determina el instante crítico y es ella la que
desencadena las licencias rituales. (...) El sacrilegio es de orden social. Es
perpetrado a expensas de la majestad, de la jerarquía y del poder. (...) Al
frenesí popular nunca se le opone la más mínima resistencia: tiene la misma
consideración que tuvo la obediencia al difunto". (Roger Callois citado por
Bataille)
El desgarramiento de la carne del poder
opresor imperante traza líneas de posibles aperturas a otros órdenes, a
otros modos de ser, hacer, sentir, actuar.
Pero tampoco se trata de intercambiar la
obediencia al poder de Penteo, el rey, por la obediencia frenética a las
bacantes. Si no se caería en el perverso amor al líder, que es además
intercambiable, (Penteo por Dionisos) pero que encauza la misma obediencia, el
mismo terror, la misma fascinación. La perspectiva de vida que subyace al
destrozo del cuerpo del rey y del hijo (no olvidar el orden maternal) es
transformar, modificar, imprimir vida a las reglas estáticas, es romper, es ir
más allá.
Rituales dionisíacos
Dionisos, dios ebrio y errante, deambula por
las afueras de la ciudad, atraviesa territorios. Dios anunciado por el relámpago
cuya esencia es la locura, la transgresión, el exceso, irrumpe bruscamente en la
vida terrena, abandonando la figura de dios por la de mortal para sustraer, a
los que se atrevan a seguirlo, de la existencia cotidiana, del curso normal de
las cosas, de sí mismos. Y conducirlos más allá.
"Allí espera la turba de
mujeres, libre de telares y lanzaderas, como un tábano las aguijonea
Dionisio"(115)
¿Para qué ir más allá?, ¿para qué
romper? ¿para qué quebrar?. ¿Qué hay detrás de las máscaras? ¿Hay algo? ¿Hay
nada? ¿Para qué bailan las bacantes, para qué salen, quiebran, danzan?. Todo
para entrar en trance e ir más allá, para llegar a algún lugar, a otro lugar. A
otro lugar que el impuesto, que el destinado, que el otorgado férreamente.
Las bacantes rompen, desgarran para llegar no saben dónde, pero sienten que
deben seguir al dios. Su dios. Su vocación de respuesta es la que se agita, la
que agita sus cuerpos.
"Este dios es también
adivino porque lo báquico y lo delirante tienen un gran poder profético. Pues
cuando el dios entra en el cuerpo hace predecir el futuro a los poseídos por el
delirio" (297ss)
Dionisos es quien denuncia o manifiesta el
más allá, referido a la condición del hombre entre los animales y los
dioses. Más allá en tanto lo ilimitado, lo impensado, lo intransitado, lo
inexperimentado. Este más allá cobra la forma del estado de la bestialidad cruel
que impone la omofagia. Se diluyen las distancias entre dioses y hombres, se
hace ausente toda diferencia entre animalidad, divinidad y humanidad.
Dionisos es múltiple y polimorfo, más que cualquier otra potencia del panteón, y
convoca lo extraño, lo diverso, lo aún ausente. Llama a lo común a
devenir otro, a hacer la experiencia de una evasión hacia una desconcertante
foraneidad. Transforma a las mujeres en extranjeras, corta los lazos
parentales, y ellas abandonan hijos y esposos para correr al monte.
"Hay placer en la montaña,
cuando desde el tíaso a la carrera, cubierto con la sagrada piel de cervato, se
arroja al suelo para cazar la sangre del macho cabrío, gozo de la carne cruda"
(134 ss)
Placer y gozo desenfrenado que borra los
límites que protegía Artemisa en el espacio abierto más allá de la ciudad.
Probar la carne humana forma parte de los comportamientos que tienden a volver
salvaje al hombre, y permiten establecer, mediante la posesión, un contacto más
directo con Dionisos, devorador del hombre. Es el cuerpo el que se involucra
intensamente en la adoración del dios. Música de flautas y timbales, vino que
transporta, danza que condena a bailar sin detenerse. Liberación de las fuerzas
oscuras que se silencian en el orden cívico. Lo irracional en lo racional, lo
racional en lo irracional. "Es con sus músculos como más fácilmente obtiene
conocimiento de lo divino" una mujer bacante, una mujer en que el dios convoca
las fuerzas que la habitan.
Devenir animal de Dionisos, devenir animal de
las bacantes, devenir animal de Penteo
en tanto tomado por las mujeres como víctima del sacrificio. Puede significar
transitar las formas de ser no experimentadas, anulando órdenes, o atravesando,
fisurando. Las prohibiciones no afectan ni a las esfera animal real ni al
ámbito de la animalidad mítica; no afectan a los hombres soberanos cuya
humanidad se esconde bajo la máscara del animal. Las mujeres bacantes son
soberanas en tanto son conducidas a un más allá intransitado. Puro movimiento y
desenfreno, pura energía y vitalidad, puro tránsito y mutación.
Dos órdenes: reflexiones sobre la fascinación-devoración
Irrupción frenética la de Dionisos que
quiebra el orden cotidiano de la ciudad helénica. En principio, podemos pensar
dos órdenes en tensión. El sostenido por el rey Penteo, masculino, cuyo
epicentro es la ciudad, iluminada por las deidades del Olimpo. Ordenamiento
también de las afueras del espacio cívico. Límites y reglas de la caza. Y un
orden diverso, inyectado en las mujeres por Dionisio, situado en el espacio
salvaje del cuerpo, del monte, del afuera, de lo polimorfo. Dios que desciende a
la tierra, penetra los cuerpos, invita a rituales sangrientos y corre el velo a
lo inexplicable por los valores establecidos en el territorio de los hombres.
"Ya se propaga como un fuego
el frenesí de las ménades, grave afrenta contra los helenos. No hay que vacilar,
ve a la puerta de Electra, que se presenten jinetes, de caballos rápidos, y los
arqueros. ¡Vayamos contra las bacantes! Si vamos a sufrir de las ménades
lo que nos sucede, ningún mal podrá superar a este." (778 ss)
Con el ejército de guerreros Penteo intenta
resistir a las bacantes, mas el poder de la fusión de lo animal, lo salvaje y lo
divino que deviene de transitar las fronteras, el más allá, los subterfugios que
se abren en la espesura del orden del hombre, desata una intensidad y una fuerza
inusitada.
"¿Queréis que cacemos a
Ágave, la madre de Penteo, en medio de las bacanales, y nos ganemos así el
agradecimiento del rey?. Nos pareció bien y nos pusimos al acebo, ocultándonos
entre los matorrales" (720 ss)
¡A cazar bacantes!.
El hombre sumiso ante el líder-rey que fascina y atemoriza, que otorga poder,
busca como presas a las bacantes para recibir honores. Orden de la apariencia,
la figuración, las jerarquías. Pero, ¿quién es la presa? Quien creyó poder
cazar a las mujeres, quien creyó destrozarlas con los ejércitos para mutilar
lo otro, fue ferozmente desgarrado.
Desmembramiento de un orden, posible
constitución de otro orden.
"Ellas despertando de un
profundo sueño, se pusieron en pie de un brinco, ¡era admirable su orden!
Jóvenes, viejas y muchachas aún sin casar..." (693)
La práctica de las bacantes es desorden,
es locura desde el centro masculino que otorga y distribuye los sentidos,
pero en verdad es un orden diverso, distinto, rupturista. ¿qué es locura? ¿qué
es desorden? ¿qué es anormal? ¿qué es usía? ¿qué es manía?.
Entonces: Dioses del Olimpo, rey Penteo,
orden masculino, mujer en matrimonio. Y Dionisos, mujer extasiada, tránsito por
los bordes, las afueras, el más allá. ¿Cómo se practican las adoraciones
a estas deidades?
Pueden leerse en el texto indicios que
develan el amor al líder que despierta Penteo. Pavor y temor, amor en el orden
de la fascinación, del estar hechizado, hipnotizado por esa figura externa,
inalcanzable, grandiosa.
En cambio Dionisos es deglutido como cabrito
o toro sacrificado. Al ser ingerido ingresa en los cuerpos, se diluye y potencia
en las danzas y la música que euforiza los cuerpos poseídos. (Cualquier
coincidencia con ritos cristianos no es azarosa, cualquier diferencia, tampoco.
Resignificaciones de la versión. Versiones). Hundir la carne del dios en
la carne propia, hincar los dientes en la vida que otorga la carne sangrante de
esa divinidad extranjera. Dios en-cuerpo. Cuerpo en-dios.
En el orden de Penteo funciona la
fascinación, hechizo que se desliza en la superficie, se maravilla ante la
figura intangible. Pero lo monstruoso en Dionisos, ese ámbito de lo otro, lo
oscuro, lo subterráneo, lo velado, esa mueca del horror que irrumpe en el orden
apolíneo, sólo puede mirarse de frente. ¿Qué sería mirar de frente?.
Frente a frente con Dionisos. Frente a uno mismo. Frente a lo horroroso
subterráneo, frente a lo animal postergado. En-frentarse.
En los rituales dionisíacos la máscara de
Dionisos circula a través de la danza, cada uno debe encontrarse cara a cara con
ese rostro. Pero esta divinidad exige que se penetre en el campo de la
fascinación, que se horade la figura corriendo el riesgo de quedarse atrapado en
ella. Corriendo el riesgo de enloquecerse. Mirar la máscara de Dionisos que
circula en la ronda de mujeres es quizás ver el propio rostro de lo salvaje, lo
animal. Mujeres que danzan alrededor de la efigie del dios y del muerto, del
cuerpo despedazado. La mujer que sale del orden de la ciudad y se asoma al
abismo de la muerte, mira la muerte y la devora. "La prohibición que se
instaura en relación al contacto con el cadáver, protegía al muerto refiriéndolo
al deseo que otros tenían de comérselo" (Georges Bataille). La mujer atraviesa
el tabú que rodea la carne del cadáver, realiza el deseo de deglutir.
Interviene, penetra, muerde, desgarra. (Paradojas e intensidades femeninas. En
la mujer se halla la vida y la muerte. Dama pétrea es la muerte y no hombre
caballeresco).
Los ojos-las entrañas
El orden masculino, estructurado en la
fascinación por el dios puede ligarse con la preeminencia de lo visual, los
ojos, la mirada. Penteo simula ser bacante para espiar a las mujeres, para
ver sin ser visto.
"Penteo: ¡Traed aquí las
armas, y tú deja ya las palabras!
Dioniso: ¡Espera!, ¿quieres
verlas sentadas en los montes?
P: Si, daría infinito peso
en oro.
D: ¡Qué! ¡Tanto ha sucumbido
ante su pasión por ésto!
P: Será penoso para mí
verlas embriagadas.
D: ¿Y verías con
gusto lo que para ti es amargo?
P: Sí, sentado en silencio,
bajo los abetos" (809ss)
Una mirada que vigila, censura, condena,
espía, que mira sin ser vista. Un orden ligado a la mirada se detiene en la
instancia apariencial, figurativa, representativa.
Se alimenta de imágenes, figuras idolatradas o condenadas, aplaudidas o
desterradas.
"Cuando Baco levanta en alto
la llama roja de la tea del pino, a la carrera con su antorcha dejando al aire
sus delicados rizos, con danzas y alaridos agita a las delirantes
mujeres, bramando con cantos de evohé".(145ss)
En cambio, Dionisos, toma el cuerpo y desde
las entrañas arranca alaridos y gritos a sus seguidoras. La voz surge, la voz
urge del fondo, el grito brota de las cavernas oscuras de lo animal en el
hombre.
El poder de la mirada opuesto al poder que se
manifiesta a través del oído-voz-grito. Coros báquicos que gozan en el espacio
circular de la danza sagrada, trayecto circular que unifica y convoca lo animal.
Dionisos invita a atravesar. A trazar círculos entre reglas estancas y
lineales, a destruir con alaridos las pieles tersas que velan el horror.
Ideas Transitorias devenidas en in-conclusión
provisoria
¿Por qué intentar hoy un análisis de esta
tragedia? ¿qué sentidos pueden hilvanarse a partir de su lectura?. ¿Qué nos dice
esta versión?
Las versiones existen porque hay la
posibilidad de otorgar distintos sentidos a la palabra, a los signos, a las
narraciones. Hay la posibilidad de heterodoxas versiones de las bacantes y hay
la posibilidad de diferentes versiones del orden si el mundo tal cual es, se
devela como no natural, como contingente. Entonces Las Bacantes
puede decir sobre un orden otro.
La figura de las bacantes nos devela esa
alteridad del orden, la posibilidad de pensar, de actuar, de sentir una
existencia diversa. Las bacantes son manifestación de la no univocidad de los
sentidos del orden, de los modos de ser, actuar, decir.
El cuerpo del rey es desgarrado, Dionisos
hinca su locura en las carnes de la ciudad de Tebas, pero ¿cómo continúa el
relato?, ¿es la práctica de las bacantes la imposición de un orden femenino
opuesto a la razón masculina? ¿O el destierro de Ágave funciona como castigo que
finalmente impide la constitución de un otro orden?. ¿No es posible que
el desgarramiento de Penteo haga que el orden masculino se intensifique en tanto
evitar otras alteraciones, controlar el menadismo?. Puede pensarse y
reafirmarse el triunfo de Apolo en la cultura actual, aunque la exacerbación del
orden rígido, del poder para aplanar lo otro, integrar lo extranjero,
borrar lo ajeno, mutilar lo distinto, puede y deba leerse como velo sobre la
intensidad de aquello que se quiere dominar. Aunque, quizás también la
práctica de las bacantes encierre la posibilidad de desgarrar algunos órdenes,
horadando la carne jovial de un poder que pudre los cuerpos de los ciudadanos.
Las bacantes hoy, quizás, propone una
filosofía que con un estrepitoso dionisismo devenga, como movimiento puro que
conecte con mundos animales, vegetales, femeninos. ¿Qué es esto?. Es la
posibilidad de deambular en lo diverso, lo distinto, lo no explorado, trazar
líneas, heridas en la carne que atraviesen lo impuesto. Frente al patrón hombre
de las mayorías favorecer las minorías en tanto penetrar otros espacios de
pensamiento, de experiencia, de existencia. No en los términos chatos
de oponer un orden femenino a otro masculino. La respuesta no se halla en lo
sexual. Justamente la dificultad es nombrar lo sexual masculino y lo sexual
femenino dividiendo netamente estos territorios y sus relaciones. Las bacantes
presentan la imposibilidad e inutilidad de pensarlo de ese modo. Las bacantes
son asumidas en tanto manifestación de lo otro, en los términos de un
orden que atraviese oblicuamente esta dualidad.
Desde una perspectiva deleuziana puede
entenderse que el orden de Penteo está obligado a devenir en otra cosa. Quizás
en individuación que exige al hombre actitudes éticas como estéticas, opciones
individuales de transformación, de mutación, de ingreso en las grietas.
Política
del devenir. Y devenir
es para Deleuze, siempre un dispositivo de lucha contra el estado
en cualquiera de sus versiones. Estado que dice siempre del permanecer,
del estar. Se trata, quizás, de quebrar órdenes, desgarrar el poder
de la polis, ingresar en el territorio velado, prohibido, mutilado.
Anarquía. Anarquía del individuo que desmembra el poder. Una
política del devenir, devenir intenso, devenir bacante trae
la capacidad de seguir pensando contra los sentidos congelados de
la historia, seguir pensando, y luego actuando, trazando líneas
y multiplicando dimensiones, y desgarrando las carnes putrefactas
de lo permitido.
Con-versiones,
Noviembre 2000
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