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CUERPO Y DANZA
JUGAR A SER DIOS CON EL CUERPO

Luciana Prato

 

Mi cuerpo se expande, comienza a dilatarse, poseo el mundo en mis entrañas. Me crecen alas, puedo volar en un jeté (1). Y luego, soy minúsculo, pequeño, el mundo sobre mi cuerpo me aplasta y me fusiono con la tierra en un grand ecarte (2). Puedo ser ave, árbol, pez. Puedo ser lo que quiera porque soy bailarín.

Degas

Puedo ser lo que quiera porque ser bailarín es ser movimiento, es apelar al componente lúdico y festivo de la vida. Es vivir el devenir de la vida en el propio cuerpo, y ser conciente de ello.

Ser-en-el-mundo es ser cuerpo y es asumir una situación existencial. Pero el hombre moderno se halla desarraigado de su corporeidad, la cultura con sus normas y sus desarrollos técnicos lo asfixia. En cambio, quien danza pone en juego una serie de capacidades y potencialidades corporales que están dormidas. Pone en juego, las saca de su existencia latente, y juega, juega con el cuerpo, juega disfrazándose. Juega a ser su cuerpo y a ser otros cuerpos. El bailarín hace carne en sí otros seres. Puede ser ángel y brujo, serpiente y pájaro. Puede ser una etérea sílfide o un guerrero espartano. Puede ser un demonio o un dios. El bailarín danza y juega a ser dios danzando.

Nietzsche en el Zarathustra alude a un dios pagano antiguo, que es danzarín, y además ríe, pero ¿ qué particularidades tiene ese dios que danza? ¿ por qué danza?

Y además podemos traer aquí otro dios: Shiva, una deidad hindú que también danza y se dice que lo hace al ritmo cósmico. Con su baile crea y destruye mundos. Es dios de la muerte y de la vida.

Sucede que la danza nos permite crearnos a nosotros mismos, crear nuestro espacio, nos acerca la posibilidad de destruir y crear mundos. Un dios que danza, un cuerpo que danza celebra el mundo, afirma la vida. Heráclito, filósofo efesio del siglo V a.c. postula el devenir azaroso de la vida. Vida como movimiento desordenado, cambio permanente, fluir. Se haya implícita la idea de juego, fiesta. Un dios que danza se integra a ese movimiento, desciende al caos subterráneo de la vida. Está vinculado con Dionisio, dios errante, ebrio, que convoca las fuerzas irracionales del hombre. Convoca lo dinámico, lo inagotable, lo intenso.

Así un ser que danza se escabulle de lo que lo aprisiona, salta de un lado a otro y rueda hasta esconderse en una minúscula fisura del orden imperante. Y luego sale, se burla de la cultura, aparece y vuelve a desaparecer.

Experimentar lo perecedero

La danza no posee más materia que el espacio, el vacío, el cuerpo humano como único instrumento.
 

Degas

El cuerpo es mortal, está destinado a descomponerse, el hombre-cuerpo es fugaz, hoy existe y mañana no. La danza también está preñada de fugacidad, es instante, es ráfaga de fuego, que es y pasa, se esfuma. Dura lo que un relámpago. La danza existe en el momento en que toma el cuerpo del bailarín como el de un poseído para hacerlo su instrumento y luego no es nada. Pasa y no queda nada palpable. Se experimenta lo perecedero en el tiempo, el espacio y el cuerpo.

El pintor, pinta y queda un cuadro, el escritor escribe y queda un texto, el bailarín baila y ... ¿ qué queda? Después de la danza quedan sensaciones en el cuerpo, el cansancio del bailarín, tal vez dolor en los músculos, en los tendones. Quedan cosas en el alma. El cuerpo agotado, y el alma nueva. Y también en el espectador queda algo, el que presencia una danza siente cosas en el cuerpo. Como en el coro trágico de la cultura griega clásica. En esa expresión no había separación entre actores y público. El público participaba del coro de sátiros y se encontraba con la imagen más primordial de su humanidad. Podría pensarse esa comunión del cuerpo del público con el espectáculo en las danzas rituales. O en alguna aislada expresión contemporánea con componentes experimentales. Lo cierto es que hoy no se da la experiencia de la tragedia helénica en su totalidad, pero en el público pasan cosas. De algún modo, el espectador es transformado, participa de esa danza, se metamorfosea. Y esa metamorfosis se experimenta en el cuerpo. Como sensación de libertad, o tal vez de pesadez, aturdimiento, por qué no de dolor. Pero siempre se siente en el cuerpo.

Somos seres sensibles porque tenemos cuerpo. Sentimos, luego somos (reformulando el cogito cartesiano que justamente relegaba lo sensible).

Y aquí haremos eco de un pensamiento de Nijinsky, un mítico bailarín ruso que vivió a principios de siglo y se inmortalizó por revolucionar la danza de occidente con elementos expresionistas: "En la danza se trata de representar lo menos posible y de sentir lo más posible". Danzar es sentir profundamente en el cuerpo. El ser y el mundo se sienten en el cuerpo y ¡se danza!. 

La danza como ritual

Pero la danza es instante hecho eternidad, porque en esa materia fugaz que la caracteriza hay algo de sagrado e inmutable. Como en el eterno retorno nietzscheano. Un instante que por su intensidad se repite eternamente. Un instante que integra el pasado, el presente y el futuro.

Danzar conduce al hombre a impulsos subterráneos de la vida, ritmos profundos, personales y a la vez universales dictan la danza al cuerpo. El hombre se comunica con el poder vital de la naturaleza; se sumerge y como un cataclismo emerge de sus entrañas ese mar dionisíaco que yace escondido en su interior. Como un fuego la danza quema dentro hasta que se nos impone exteriorizarla.

A través de la danza el hombre se une al cosmos, reencuentra la unidad perdida y luego la vuelve a perder. Dice Maurice Béjart, "por un instante, la celebración poética del ballet suspende el infortunio del hombre moderno" y además "la danza esculpe mitos, ante el público que va a sumar su realidad a esa transformación para encontrar así su salida hacia lo alto".

 Algo más sobre esa maraña de huesos, tendones, carne

En la filosofía del butô, una danza japonesa que se caracteriza por los movimientos lentos y sutiles, se considera al cuerpo del bailarín en tres aspectos. La "piel" que está constituida por la belleza visible, la apariencia física, el movimiento; la "carne", que es el conjunto de técnicas que el bailarín domina, el virtuosismo; y por último, el "esqueleto" que es la más importante de las tres: la intensidad corporal, la tensión interior. Se busca la creación de un cuerpo intenso, "hasta los huesos". Tal vez lo más verdadero de la danza ocurra por dentro, en la transformación interior.


Notas:

(1) En el vocabulario de la danza clásica es un gran salto que consiste en desplazarse hacia adelante y extender las piernas en el aire.

(2) Paso de danza en el que pies se deslizan por el suelo en dirección inversa hasta que las piernas quedan totalmente extendidas en el piso.


 

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