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PINTURA
SERIE LA FIGURA HUMANA
Sergio
Rocchietti
"... es imposible comunicar la sensación de
vida de una época determinada de la propia existencia,
lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia.
Es imposible. Vivimos como soñamos, solos".
Joseph Conrad
¿Por qué no me dedico a dibujar o pintar la
figura humana? Creo que es por el hecho de escuchar el relato de las vidas
humanas en lo cotidiano de mi existencia. Vidas centradas en sus propios
cuerpos, dando sentido a partir de sus imágenes, hechos y sucesos, imágenes
prevalentes, imágenes que como la piel van pegados a ellos. Y bien,¿por qué esto
provoca mi rechazo? Porque una parte de mí, al oír esas historias siente; sentir
desde ellos, no es sólo sentirlos a ellos, como haría cualquier semejante.
Sentir desde otro cansa, gasta, el cuerpo,"mi" cuerpo, ya que luego esas
imágenes plenas de sentidos, sensaciones, se prenden a mí como garfios. Me causa
gracia la palabra semejante, la semejanza radica en la configuración, no
en el sentir, y menos aún en el pensar. La configuración es que cada figura de
lo humano es reconocible y necesaria para que se realice tal reconocimiento.
Dicho simplemente, debe haber un cuerpo humano enfrente para que la cría humana
advenga en algún momento a la existencia, esto es a la interrogación sobre su
vida. Y no sólo basta con que esté enfrente, sino que hacen falta muchas cosas
más para que coincidan el cuerpo (humano) y el yo. Es difícil considerar la
complejidad que se pone en juego para que alguien alcance la posibilidad de
decir: "yo" y que esto coincida con el sentimiento de sí, que no es otra
cosa que sienta su cuerpo en ese mismo instante. Donde empieza y donde termina,
donde está y que no es.
Las semejanzas claudican cuando la
radicalidad de lo particular se presenta y esta fuerza es tal, que no es más que
con un profundo malestar que alguien es capaz de sentirlo. Sentir, percibir,
darse cuenta de su singularidad. La propia.
Digámoslo así, la mayoría de las acciones
humanas se encamina a desconocer esta cuestión. Están hechas para no percibir ni
un pequeño atisbo de esta cuestión.
¿Qué cuestión? La profunda soledad que nos
atañe. Y esto no quiere decir que no estemos acompañados. Se trata de otra
cosa.
Se trata de la profunda soledad que nos rodea
por más que estemos acompañados. Parados en una pequeña parcela de tierra y rodeados de abismos. Abismos de
tiempo, abismos de espacios, abismos de abismos. La nada nos rodea. Llenémosla.
Es una buena tarea, rellenar la nada.
¡Ah!, pero usted creía que yo creía que
nosotros creíamos que la nada está ahí, justito allí y nada más que ahí, afuera.
Pues bien, no.
La nada nos habita.
Pequeña, diminuta, chiquitita como la cabeza -¿no serán los pies?- de un
alfiler, la nada nos habita. ¡Muchas gracias! De nada.
Nos basta con esa pequeña nada del tamaño de
una piedrita en el zapato. A propósito, se dieron cuenta que cuando tenemos una
piedrita en el zapato la sentimos como si fuera una roca del tamaño de un
meteorito, y que cuando, por fin, conseguimos sacarla nos encontramos con un
guijarro de un tamaño más bien minúsculo. ¿Por qué será? Quizás porque lo que se
aloja dentro nuestro adquiere una dimensión diferente a cuando logramos
extirparlo. De meteorito interior a minucia pétrea exterior. Y bueno, en ese
espacio interior lo irreductible se asienta. Y se mueve, ¡y cómo!. Nada por
aquí, nada por allá, decía un viejo mago, para comenzar a mostrar en su
repetido truco como algo aparecía de la nada. Nada por aquí, nada por allá y
tenemos un o una semejante. El amor. Esa es otra historia. Historias de cómo
rellenar.
Semejante: dícese de un alter ego, desde el
latín otro yo; dícese de un otro participante del género humano. El otro es
semejante, es un semejante. Es un semejante a mí. ¡¿Te podés poner en mi
lugar?! No, no me gusta viajar apretado. Puedo, a veces, ser en un lugar que
alguien cree que es de él, ella. Puedo sentir la nada que habita al otro y los
sucesivos pasos que dio o le hicieron dar para no acercarse allí. Puedo oír todo
lo que fue poniendo allí para ni siquiera enterarse que era su tarea limpiar y
no cubrir. Que su mejor tarea era despejar y no ocupar. ¿Por qué? Porque, y esto
no lo digo yo, sino M. Heidegger, "el hombre es el guardián del sitio de la
nada". Difícil.
Ser el guardián del sitio de la nada no es
expulsarla de nosotros, no es cubrirla y silbar un joropo venezolano, que por
cierto tiene una linda melodía.
Guardar el sitio de la nada es, simplemente,
guardar la nada en nosotros. ¡Ja!
y digo, simplemente. Guardar la nada y aguardar. Guardar la nada y no
combatirla. Y no desesperarnos. Guardarla es darle lugar. Y
también, resguardarla. Preservarla para otros. Y, en fin, donarla.
¿Qué es lo primero que pone cualquiera para
hacer algo de nada? Pone su cuerpo. Su cuerpo o sea, dicho desde lo "artístico",
la figura humana. ¿Se dan cuenta porque no me entusiasma dibujar o pintar la
figura humana? ¡Estoy harto de figuras humanas, tal cual son, o se creen ser!
Opino
que me gustaría pintar cuerpos interrelacionados. La marca de la
historia sobre el cuerpo. Los trazos y lazos que se configuran y
se pierden. Eso deja huella.
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al autor: srocchietti@ciudad.com.ar
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