|
DISPERSIÓN
CORPORAL
(Cuento)
Juan
José Millás
Al Held (frag.)
Un cojo que vivía en mi barrio se enteró que
era hijo adoptivo el mismo día en que le revelaron que había perdido la pierna
derecha en el accidente de automóvil en el que perecieron sus padres. De la
noche a la mañana cambió de carácter y se entregó a la averiguación de sus
orígenes y del lugar donde había sido enterrada la extremidad inferior de la que
carecía y cuya ausencia había atribuido hasta el momento a una particularidad
genética.
Sus pesquisas le condujeron a Alemania,
donde, según contó a la vuelta, con los amigos dispuestos alrededor de la mesa
del café en el que habíamos consumido la juventud, halló la tumba de sus
progenitores, que habían emigrado a Colonia en busca de trabajo siendo él
todavía un bebé.
-La pierna, sin embargo- añadió con un gesto
entre ufano y sombrío-, continuaba viva.
Por lo visto, según su versión, él mismo
había sido dado por muerto en los primeros instantes del siniestro, así que los
médicos, tras las consultas oportunas, decidieron transplantar a una niña
alemana la pierna que le había sido seccionada limpiamente por un trozo de la
carrocería del coche. De este modo, su extremidad había continuado creciendo
saludablemente en otro territorio ajeno a su propio organismo, mientras los
cuerpos de sus padres sufrían el proceso de descomposición común al resto de los
seres difuntos.
Se hizo un silencio que remediamos
prendiéndonos mutuamente cigarrillos y golpeando las tazas de café contra sus
platos, hasta que alguien preguntó si había logrado averiguar la identidad de la
persona portadora de su pierna.
-Más que eso -dijo-, la he conocido. Se trata
de una mujer de nuestra edad, estupenda por cierto en todos los sentidos, que
trabajaba en la cámara de Comercio hispanoalemana.
-¿Hablaba castellano entonces?
-Como tú y como yo. Cuando sus padres le
dijeron que tenía dos piernas gracias a la generosidad de un bebé español que
había sido dado por muerto en un accidente de automóvil, decidió estudiar
nuestra lengua en signo de gratitud a aquella familia que le había librado de
una minusvalía cierta.
Encendimos más cigarrillos, pedimos unas
copas de cognac y continuamos, escuchando, atónitos, la historia.
-Quizá debido a este remoto suceso, la mujer
había desarrollado una debilidad sexual por los cojos que me ayudó a
conquistarla sin problemas, aunque en ningún momento, desde luego, develé mi
identidad, lo que podría haberle producido un sentimiento de culpa insoportable.
Todas las averiguaciones se hicieron a través de una agencia de detectives que
garantizó una discreción absoluta en el asunto.
El caso, por ir al grano, es que nuestro
amigo se había metido en la cama con ella, es decir, con su propia pierna, a la
que había acariciado y besado con pasión desde la ingle hasta el tobillo
llegando a conocer un delirio venéreo cuya intensidad no había experimentado
antes con nadie.
Creo que fue en ese instante cuando me di
cuenta de que la historia era falsa desde el muslo hasta la punta de los pies,
aunque no dije nada pensando que podría tratarse de una fantasía erótica ligada
a aquella clase de discapacitación motora. Lo importante, que es lo que quería
señalar desde el principio, es que gracias al cojo de mi barrio comprendía a una
edad razonable que la tumba de los padres se encuentra en todas partes donde
vas, incluso aunque no hayan muerto, y que viajar servía para dar con ellos y
también para encontrar pedazos de uno mismo en los lugares más insospechados del
espacio.
Y eso es lo que le debo a aquel chico: el
haber aprendido antes que otros que todos somos adoptivos y que vivimos hechos
polvo, con los pedazos de nuestro cuerpo repartidos por el universo. Aunque
jamás hayamos salido del barrio. Ni siquiera del café de la esquina.
Revista
Con-versiones
|