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EL MALESTAR EN LAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS    

Lic. María Laura Galarza

 

Reflexionar en torno a las instituciones educativas el tema puede resultar complejo y diverso, abordable desde un sinnúmero de lugares. Elijo recortarlo en función del malestar, del conflicto como inherente a la vida de las instituciones.
Nunca los recortes son azarosos. En este caso tampoco: desde mi experiencia, el conflicto es aquella variable que resulta crucial atender para que una institución funcione. Si no se atiende el malestar, la institución va muriendo poco a poco.
Esta muerte puede tomar diferentes formas: algunas instituciones cierran (en el caso de las privadas generalmente) mientras otras sobreviven como "muertas en vida" resultado del arraso devastador del conflicto no atendido. Ejemplo de esto último son generalmente las instituciones con historia, donde aparentemente no hay conflictos pero porque estos han ido devastado la vida institucional entonces la sensación es que en esas instituciones ya "no pasa nada" o "pasa siempre lo mismo". Aquí el malestar viste ropajes de desesperanza, aletargamiento y rutina. Y allí tampoco se aprende.

Hay otro tipo de instituciones jóvenes o recientes que también pueden aparecer como libres de conflicto porque son aquellas donde las diferencias o el narcisismo individual están desplazados o negados en pos de un fuerte ideal común: dar origen a una escuela. Esto tiene que ver con la ilusión de todo comienzo necesaria para generar fuerzas y aunar diferencias. Aquí son corrientes expresiones como: "somos los mejores" o "nuestra institución va a ser diferente" y todo se vive con entusiasmo. Estos ideales que fortalecen y dan origen, pasado un tiempo, caen. Y es necesario que ello ocurra para dar paso a un momento más real y verdadero. Pero en esos tránsitos de la vida institucional, de un momento ideal que vela el conflicto, hasta la caída del mismo, también es dable acompañar a la institución a fin de que ésta no resulte dañada.       
Es casi imposible ser una buena institución educativa sin asegurar la salud psíquica de quienes trabajan en ella, esto es, sin atender el malestar que la habita. Detrás de la estructura formal de una institución están los sujetos que la habitan, cada uno, con sus deseos, fantasías y temores, tratando de convivir desde esa individualidad hacia la grupalidad. Podríamos definir a una institución así: muchas personas intentando convivir. En esa convivencia aparece más tarde o más temprano, de manera más encubierta o más explícita, cierta cuota de malestar. Esto no llega a constituir un problema en sí mismo, el problema es cómo se atiende ese malestar.
Hablo de malestar parafraseando a Freud en su difundido "Malestar en la cultura", allí se advierte del sesgo originario del malestar como inherente a cualquier vida comunitaria. Esto es, para poder hacer algo junto con otro, debo renunciar a mis necesidades en pos de ideales u objetivos comunes. Como resto, malestar. A cambio, una convivencia posible.

Dios Danzante (Panamá)

De hecho, en una escuela los sujetos no pueden "hacer lo que quieren", su funcionamiento está regulado por normas consensuales. Luego, gradualmente, se van generando diferencias entre lo que el sujeto desea o demanda para sí, y lo que la institución finalmente le da. De si esas diferencias representan un paso o un abismo, dependerá el grado de tensión o conflicto entre el sujeto y la institución. Así los sujetos institucionales quedan atrapados en la ambivalencia de pertenecer a cierta vida social por un lado y el deseo de salirse de ella cuando siente que los pactos o acuerdos no son respetados.

A esto se puede sumar otra fuente de malestar: la relación asimétrica que se establece con los demás sujetos dentro de una organización jerárquica como lo es una escuela. El otro no sólo representa un límite al deseo del sujeto, sino que además puede ocupar un lugar jerárquicamente superior. He aquí todas las vicisitudes con relación al poder.

Concluimos: hay convivencia siempre conflictiva en grados variables.

Para no confundirnos, se podría pensar en el conflicto como una moneda con sus dos caras. Una que podríamos denominar la cara motora, como factor pulsionante. Ahora, la condición para que el conflicto opere como motor de la vida escolar sería que se lo incluya, abriendo espacios para su tramitación. De esta manera atendiendo el conflicto se "relanza" la vida institucional, surge algo nuevo con relación al estado organizacional previo. Esto es lo mismo que decir que se aprende.

Pero si las inquietudes o zozobras institucionales no tiene un lugar de escucha o atención, progresivamente el conflicto se agiganta y muestra su otra cara, la devastadora, más ligada a la pulsión de muerte, en tanto aparece si el conflicto es eludido y librado al azar. Y así a manera de termita, va corrompiendo la institución toda. Saber que todas las instituciones se edifican o estructuran sobre cierto grado de malestar finalmente puede tranquilizarnos. El desafío pasa a ser entonces, abordar ese malestar y cómo hacerlo. Punto crucial a mi entender, donde el destino institucional va a quedar anunciado.

 


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