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Karina Álvarez Toledo

 


Demonios Tibetanos de la Oscuridad

 Por eso, viejo, no te calentés. Aquí es la ley del sálvese quien pueda y nada más. Vos te quejás de lo que te pasó con la cana, pero mirá...         
—¡Cómo no me voy a quejar, hermano! Te juro que todavía no me lo puedo creer, fijate un poco...      
—Pero mirá a esas pobres maestras de Río Cuarto, me enteré el otro día. En una escuela fue. Se perdió una billetera, viste, y llaman a la poli. Los tipos llegan, averiguan, y como la billetera no aparece, mandan desnudarse a las maestras, así de fácil, y no te asustes que ahí no termina la cosa: ¡les hicieron tacto vaginal a todas!, menos a una que se negó y ahí nomás la metieron en el celular y se la llevaron...
—Desacato a la autoridad.

—¡Como en los mejores tiempos, hermano! Pero al menos durante el proceso uno ya sabía más o menos a qué atenerse; en cambio, ahora... Y encima tienen la jeta de llamarla democracia... ¡democracia las pelotas! Zanahoria, papafrita, debería llamarse este momento histórico. Usan la palabra democracia como si supieran, como si alguna vez aquí... Es triste, carajo...

—Y vos usás la palabra "proceso" para nombrar la dictadura. No sos el único, te aclaro: desde que llegué estoy escuchando esa palabra, y me tiene podrido.

—Y, es la costumbre...

—Pero, si acabás de putear por la palabra democracia, deberías darte cuenta de que usar el nombre que ellos le dieron es aceptar. Cada vez que vos decís proceso, les estás dando la razón, hermano. El poder subliminal de la palabra, en qué nivel estamos hablando...

—Y sí, puede que tengas razón.

—No puede, tengo razón. Y en el fondo no es por costumbre, viejo: es miedo, y yo soy el primero que tiene miedo. Mirá, de eso me di cuenta afuera y después de muchos años. Uno vive en el exterior y cree que ya pasó todo... hasta te acercás a la cana para preguntar por una calle, como lo más normal; no como antes ¿te acordás?, que cuando veíamos uno, éramos capaces de desviarnos tres cuadras con tal de no pasar por al lado, no vaya a ser...

—En la dictadura, querés decir...

—Jodeme, ahora. No, en serio, yo me di cuenta con lo de Scilingo y toda la oleada de "arrepentidos" que siguió. Me agarré tal calentura, que me puse a escribir una carta para los diarios de España; allá tuvo bastante bombo la noticia, sabés... Bueno, estaba escribiéndola y se me cerraba el estómago todo el tiempo; no quería pensar, pero se me cruzaba la paranoia de que los tipos averiguaban mi dirección allá y me liquidaban.

—¿Y por qué no? Actualmente te están liquidando por menos que una carta. Sin ir más lejos, a un compañero de mi sobrino lo mataron a la salida de una disco porque iba borracho y se ve que le contestó mal a un cana. Y después dicen cualquier cosa: que el pendejo portaba armas, que llevaba drogas, qué sé yo, lo primero que les viene a la cabeza, y ahí se queda todo. Dentro de poco, ya vas a ver que Plaza de Mayo, todas las plazas de Buenos Aires van a estar llenas de madres girando, esperá nomás.

—¿Te enteraste de que las sacaron a patadas de la misa del Tedéum?

—Sí, viejo, no respetan nada.

—Y mirá a los pobres jubilados, se suicidan, che, y a nadie le importa... bah, a mucha gente sí, pero qué les vas a hacer: se suicidan ¿te das cuenta? ¿Querés mayor presión que quitarse la vida? Ni huelga de hambre pueden hacer: son una huelga permanente. Los remedios, de las muestras gratis los sacan y eso cuando les dan; si no revientan, así de fácil, qué querés. ¿Vos te quejás de lo que te pasó con la cana? Aquí no quedó nada, viejo; ni cantarle a Gardel podés. Y la gente, vos viste: estamos todos locos.

—Vos sabés que el otro día iba en el colectivo, y le pregunté a una mujer si faltaba mucho para Las Heras. "No sé", me dice; "Buenos Aires es tan grande y yo soy tan despistada...". "Yo también", le dije, "y encima me crié en el Norte". "Bah", me dice la mujer, "yo me crié aquí pero vivo permanentemente en la luna del Olimpo".

—Ya ves, bonito lugar para vivir, mejor todavía que la luna de Valencia, ¿no?

—Che, ¿te conté que me lo crucé a Massera por la calle? Caminando el tipo, tranquilo.

—¿Y?

¡¿Y qué, viejo?! Lo miré y seguí caminando. No le voy a decir: "¿Qué tal, señor Massera? ¿Usted no debería estar preso, por casualidad?". Los tipos viven como reyes, ya no caen más.

—Vos dirás que estoy loco, pero estoy seguro de que estos siguen en la impunidad porque hay un contexto inconsciente de respeto, a nivel colectivo, ¿entendés...?

—¡Pero si medio país los tiene atragantados! ¡Qué decís!

—Sí, pero en el fondo, a nivel inconsciente, hay un respeto, como cierta reverencia a los valores militares, y si no fijate en las escuelas. A mí, cuando veo a los pibes con el delantal, me entran ganas de vomitar.

El otro día lo hablaba con mi hermana: "¿por qué el uniforme?", le decía. Ella dice que es para que no se noten las diferencias sociales, pero no es por eso; ahora puede ser, pero las cosas hay que ver de dónde vienen. Igual que la Marcha de San Lorenzo para entrar y salir de la escuela... ¡marchando, hermano, como soldados! No sé si seguirá igual. Y después el patio... ¿Vos te acordás de la formación de tu grado...? Y ahora que digo "grado", fijate que en España se llaman "cursos escolares". La palabra grado es totalmente militar: grado soldado, grado sargento, cabo, y así... ¿Te acordás de la formación, con la maestra derechita a un costado como si fuera un sargento? Y el Himno a la Bandera... ¡cada día a las ocho de la mañana, cantarle a la bandera! ¡Qué desayuno para los pibes! Cada día durante siete, ocho años... Aurora... ¿cómo era que empezaba?

—"Alta en el cielo un águila guerrera, audaz se eleva en vuelo triunfal...".

—"Azulunala del color del cielo...". Vos sabés que yo estuve años preguntándome qué quería decir "azulunala", hasta que un día caí en que eran tres palabras.

—Así estamos, viejo... ¿Querés otro café?

—Dale. Puta que es linda Buenos Aires, che. Qué ganas me entran de volver...

—Venite. Ya vas a ver lo que te pasa. Ni tres meses te doy para que vayas corriendo a sacar el pasaje. Vos ya no te podrías acostumbrar a esto.

—No sé, hermano... A mí me gusta hasta el olor a gas que tiene por todos lados... Vos sabés, mirá lo que es la memoria. Un día, se escapó gas del encendedor y se me metió en la nariz (allá, ¿no...?), y se me presenta en el acto el departamento de Alejandra, con todas sus consecuencias, vos ya sabés.


Demonios Tibetanos de la Oscuridad
 
 

Y ahora, el otro día me di cuenta de que todos los apartamentos tienen como ese tufillo permanente a gas. No sé... Si me preguntaran si quiero vivir en una ciudad que huela a gas, diría que no, viejo, pero esto es Buenos Aires: es como una mujer que cuando la querés, la querés con mierda y todo, viste...

—Sí, pero vos no te lo bancás. Mirá lo que te pasó con la cana y te lo tuviste que comer. Qué vas a hacer, si protestás mucho te meten droga en la valija y te guardan diez años si quieren. Hay que joderse más.

—¿Y cómo no nos van a joder si nos educan para decir "sí, señor"? Te digo, habría que cambiar esos valores desde la escuela. Toda esa cosa de la obediencia, como la disciplina, el paternalismo que se deriva de las jerarquías: basura que les meten a los pibes... ¡Cómo no nos van a joder! Yo te digo, si viviera aquí, crearía una comisión nacional de padres para erradicar de la escuela los valores militares.

—¡No te van a dar bola, hermano!

—No sé. A mí, como padre, me habrá quedado algún derecho, ¿no? Digo yo... Al menos hacer esa, ya que no se puede hacer otra cosa. Te digo, la idea no es mala: es actuar directamente en la cabeza de los pibes, para que se críen con más apertura de coco, viste. Yo crearía la comisión... Primera medida, ¿sabés cuál? Eliminar los uniformes. Son alumnos, no soldados.

—Te van a salir con el tema de la ropa y ya te cagaron la comisión de entrada.

—Bueno, dejemos los delantales, pero que se anule toda escucha o marcha de canciones de tipo militar en la escuela. Que pongan a Fito Páez, Teresa Parodi, folklore nacional y latinoamericano, nada de marchas ni solemnidades. Segunda medida, te la digo: los pibes no forman más en su vida.

Que se estén por ahí, charlando, hasta que les toque entrar a clase, que a eso van a la escuela.

—Pero hay que izar la bandera...

—¡Pero dónde estamos, viejo! ¿En un cuartel? ¿Querés cosa más militar que izar la bandera todos los días? El águila guerrera tiene que estar guardada en el despacho de la directora hasta que lleguen el 25 de Mayo o el 9 de Julio. Dos o tres veces por año. No hace falta más para saber los colores que identifican a nuestro país.

—Y esa es la tercera medida...

—Ahora te digo la cuarta: se acabaron los abanderados y los escoltas. Decime, ¿por qué tiene que ser justamente ese el premio por tener buenas notas? ¿Eh? Que les regalen la obra completa de Julio Verne, o nada, que los premien en su casa por las calificaciones.

—No te van a dar bola.

—No me van a dar bola porque ahí está el primer anillo de un engranaje mucho mayor: está clarísimo, viejo. Y otra cosa, che: los próceres ¿no va siendo hora de que se vayan a los libros de Historia? Tanto joder con San Martín, Belgrano, Sarmiento, esos bustos deprimentes por todos lados...

—El del busto era Sarmiento...

—Sí. Y el del cuadro Belgrano, siempre al lado de una bandera.

—Y claro, si fue el creador de los colores.

—Mirá, ni me acordaba y eso que lo vi, ¿eh? No es que esté en contra; habrán hecho cosas buenas, pero que se renueve un poco el plantel, ¿no te parece? ¡Tenemos artistas para tirar por la ventana! Las escuelas deberían llamarse Julio Cortázar, Quinquela Martín, Alfonsina Storni, Borges, y en las fiestas poner cuadros, fotos de ellos, escribir sus poemas en las pizarras del patio, festejar la creación, la libertad del espíritu, que sé yo, ¡hacer otra cosa! ¡Es asfixiante la educación de los pibes! Es asfixiante.

—Te pegó fuerte lo de la cana, ¿eh?

—No es sólo eso, hermano, es todo...

—Así estamos, qué querés.

Barcelona, 1996.

 


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