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LA LOCURA
(Mucho mas que un malestar)

Patricia Pena
con la colaboración de Silvia Pino

"La vida como nos es impuesta resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes.

"Innumerables veces se ha planteado la pregunta por el fin de la vida humana; todavía no ha hallado una respuesta satisfactoria... si resultara que la vida no tiene fin alguno, perdería su valor...".

El malestar en la cultura, S. Freud, 1930.


H.R. Giger (Frag.)

Del malestar de la cultura al malestar en la locura

La primera dificultad que se nos aparece es la de definir el malestar. ¿Cómo se puede decir aquello que en el acto de ser nombrado se vuelve del orden de lo irrepresentable? ¿Cómo enunciar aquello que excede a lo que puede ser limitado?

Digo malestar. Y digo: displacer, disconformidad, soberana molestia. Palabras, imágenes, sensaciones profundamente arraigadas. Digo malestar. Quiero decir todo, imposibilidad de decir poco más que nada.

No seamos ingenuos: el malestar no está sólo por acá, está también más allá, más allá de todo, más allá de todos. Acecha, está oculto, está determinando. ¿Será la cultura la que realmente produce el malestar? ¿O será tal vez que a causa de él la producimos?

Nada es del orden de la naturaleza. Todo es del orden del malestar. Se nos hace necesario hallar algo distinto.

Quizá el malestar sea eso. Eso que habitualmente se nos presenta como no todo poder, no todo decir, no todo hacer, no todo tener...

Quizá el malestar sea sólo inherente al hecho de estar vivos... al hecho de haber nacido y de sabernos vivos por hablar. "La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres" (J. L. Borges).

Muerte: Único acontecimiento certero, universal e irrecusable de nuestras vidas. Límite absoluto.

 De la vida y la muerte

Cuando digo la palabra muerte escucho: "La muerte". Y siento el vacío infinito, un lugar oscuro y despoblado, un lugar sin voces, sin sonidos. O quizás un lugar de descanso, último destino de las incógnitas y los deseos. Páramo desierto...

Basta, basta y basta. No quiero seguir pero no me puedo detener... Quietud, quietud, quietud... Muerte deseada, muerte esperada, muerte temida. Fin absoluto y certero de la vida, aunque nos pese; fin de nuestra vida aquí, fin del dolor, fin del hastío de la existencia. ¿Fin de fin? ¿O la muerte como fin?

Surge la incógnita: de estoy viva a ¿estoy viva? ¿Y qué es estar viva? Estar viva ¿es tan sólo "vivir la vida"...?

Surgen las palabras de la palabra, del singular al plural: la muerte, las muertes, la vida, las vidas... La sonoridad de las palabras despierta las preguntas. Las palabras, las preguntas... ¿y las respuestas...? ¿Dónde están las respuestas...? ¿Dónde busco...? Busco, busco, no encuentro. ¿Dónde buscar...? Palabras, palabras...

Diccionario. Él me puede ayudar, o al menos me va a orientar. Es raro esto: voy a buscar una palabra para encontrar más palabras, que me van a plantear más preguntas, que me van a exigir más respuestas... Sigo mi camino de preguntas a respuestas, de respuestas a preguntas. ¿Pues entonces quién lo tiene? Camino, vivo. Estoy viva. Antes de llegar al gran libro del lenguaje tengo un esbozo de respuesta.

La muerte es dejar de caminar, dejar de preguntar, no poder responder.

Recorro las hojas del diccionario y llego a la "V". Eso me trae un recuerdo de infancia: "¿Mamá, si la ve es be, si se leen igual, por qué existen la 'v' corta y la 'b' larga?". Vericuetos del lenguaje: ve que es "ve" y también ve, be que es "be" pero no ve. No recuerdo la respuesta...

Ve... ve... vi... vida. Llego a la vida —no yo, que ya llegué hace un tiempo—; llego a la palabra vida. Dicta el diccionario: "Vida. Conjunto de fuerzas que resisten a la muerte". De la muerte llegué a la vida, de la vida arribé a la muerte. Por ahí no hay salida. Debo recorrer otro pasaje del laberinto.

¿Cómo era la respuesta de las letras? La pregunta decía: "¿Por qué existen...?". Preguntando por la muerte llego a las letras, preguntando por las letras arribo a la existencia. Me tildé, no estoy, no entiendo nada. Mejor vuelvo al principio.


H.R. Giger (Frag.)

Ya está. La pregunta por la muerte me llevó a definir la vida; de ahí salté a las letras. No, de ahí fui al diccionario, no recuerdo. Creo que me he vuelto a perder.

Camino. Estoy viva. Quiero volver al origen; ya no puedo. Aunque volviese al principio, ya no sería el principio. Aunque volviese a la pregunta por la muerte, ahora estoy viva.

Y antes, ¿dónde estaba? Estaba, y ahora ¿estoy? O, ahora ¿soy...? 

Voy a intentar reconstruir: en el principio estaba la idea de escribir sobre la vida, sobre la presencia en el mundo, y surgió la dificultad de definir la vida, si no es en relación a la muerte. Tenemos, entonces, la pregunta por la vida contestada en relación a la muerte. Sigo: de allí paso al diccionario, cofre precioso lleno de palabras. Puedo decir que busco un referente común, un código que me oriente, nos oriente, a mí y a los otros. Es necesario partir de un código, es imperioso que cuando uno diga "diccionario" esté diciendo diccionario, no perro o pluma.

Vida - Muerte - Código común de la existencia humana.

Continúo: apareció la pregunta por la presencia de las letras y la diferencia en la similitud. Para poder preguntar por las letras se deben saber las letras. Las palabras que en el inicio sirvieron de orientadoras son las mismas que ahora me desorientan... ¡qué lío!

Vida - Muerte - Código común - Multitud de sentidos... en las existencias humanas.

Falta un detalle. Las preguntas siempre están dirigidas a un otro. Van hacia otro, pero hay varias formas del otro: hay otro, hay otros, hay Otro.

Hay otro que me quiere, hay otro que mira, hay otro que deseo que me quiera, hay otro del cual espero su mirada, y otro que ni quiero que me vea. Hay otros que sólo escuchan preguntas, hay otros que dan respuestas. Hay Otro, como el diccionario, que en principio da "la" respuesta. También está uno como otro: uno es otro; es el uno de la pregunta, es el otro de la respuesta.

Uno que no es uno; otro que es otro; otro, Otro. Esto es parecido a lo de la "v". ¿Cómo era? "¿Por qué existen...?". ¡Existir!

Vuelvo al gran libro de las palabras. Existir. Del latín ex, y sistere, sostenerse. Tener vida, tener una cosa, ser real.

Sostenerse afuera, en-el-mundo. Ser real, tener vida, sostenerse afuera, sos-tener-se... Ser... ¿y el ser qué tiene que ver con ser...? Ser... ser afuera, ¿afuera de qué? 

Me vuelve a la memoria —curiosa paradoja— Ireneo Funes. Él no se preguntaba nada: para eso no había tiempo, no había espacio. O tal vez el tiempo era continuo, permanente. Su mundo era un mundo sin ausencias: era instantáneo, intolerablemente preciso. Todo podía ser percibido, nada podía ser olvidado. Funes, cita Borges, "un solitario y lúcido espectador".

Funes, no te abstraigas, no generalices, no olvides; no tenés tiempo, sos todo tiempo... no tenés lugar... Funes, ¡no existas!

Tal vez la pregunta por el ser sólo pueda ser planteada en relación al tiempo, los tiempos... el espacio, los espacios. Señor Funes, ¿se pregunta usted por la existencia? No responde. Está muerto. ¿Será la muerte el fin de los tiempos? Por lo menos el fin de un tiempo, el de cada uno. Tiempo subjetivo ¿de qué depende?

Sólo en la ausencia se puede dar cuenta de la presencia.

Quizá afuera sea afuera de los otros, del Otro. Pero no sin ellos. Tal vez afuera sea el lugar de la ausencia, de la presencia. Afuera; afuera de lo continuo, afuera del sentido, de los sentidos. Quizás la muerte, la gran ausencia, facilite la pregunta por la existencia.

Un niño pregunta: "Ma, ¿si me muero me vas a extrañar?". Vos, otro de mis necesidades, de mi amor, de mi origen, ¿podés prescindir de mi presencia?, ¿puedo no estar? Y si puedo no estar ¿qué soy para vos? ¿Quién soy sin tu respuesta? "Soy Fulano De Tal", pensará el niño, orgulloso. Fulano Mortal, fulano letal, no pensará el niño, ni pensará el hombre.

No seamos crédulos: la respuesta es insuficiente, pero no importa. Inicialmente, calma, apacigua. Le dará al niño un lugar, un espacio, un mundo, un tiempo. Tiempo presente, que cuando sea pasado facilitará la creación de otra pregunta. "Yo era Fulano, y ahora ¿quién soy? ¿Qué soy además de eso?". La pregunta se instaló... La pregunta ya es palabra, la palabra son palabras, las palabras se deslizan, cobran vida, las palabras son la vida... y además... 

Cada pregunta es cíclica, va y viene. La lanzo y retorna. Es cual el antiguo instrumento llamado bumerang. Aunque lo que envío no es lo que me vuelve, la que envía no es aquella que recibe, la pregunta me cambia, la respuesta me varía. La pregunta es cerrada, lleva en sí un esbozo de respuesta, va y viene, viene y va. La pregunta es presencia, la respuesta es ausencia que relanza las preguntas.


H.R. Giger (Frag.)

 De la ausencia de ausencia... la locura:

    "Hoy el precepto se había tragado al concepto. Yo estaba tan completamente absorbido por el mirar, tan fulminado por lo que realmente veía... que no podía darme cuenta de ninguna otra cosa... Era algo indescriptiblemente maravilloso, hasta el punto de ser casi aterrador. Y de pronto tuve una vislumbre de lo que se debe sentir cuando se está loco. La esquizofrenia tiene sus paraísos, del mismo modo que sus infiernos y sus purgatorios... no iba a durar este paraíso de percepción purificada, de contemplación unilateral sin mácula. Las bienaventuradas treguas se hicieron más raras y breves, hasta que finalmente desaparecieron y sólo quedó el horror..." -Las puertas de la percepción, Aldous Huxley.

Habitualmente nos anoticiamos del mundo que nos rodea a través de la percepción. Un individuo necesita recibir información de su entorno para poder sobrevivir y adaptarse. La función responsable de captar dicha información recibe el nombre de sensopercepción. El medio está plagado de estímulos. Estímulos auditivos, táctiles, visuales; estímulos de diferentes clases. Existe un principio de economía general para la especie humana y particular para cada sujeto, consistente en seleccionar y reducir la capacidad de percepción según las circunstancias. Esta parcialización de la percepción posibilita la construcción de un mundo propio, en parte compartido, y facilita un hacer en ese mundo. En la percepción de las cosas resignamos la parte por el todo. Todo que sólo se conserva como expresión de un ideal que no se puede alcanzar. No es una elección personal resignarlo, sino que nuestra condición de hablantes es la imposición de esa resignación. Y aún más, nuestra percepción de las cosas es tal por serlos. Tal, fragmentada, parcial, discontinua. Por serlos, hablantes, humanos, hacemos de "las cosas" no otra cosa que c-o-s-a-s. Podríamos decir "los nombres de las cosas" y debemos eludir la oposición: los nombres o las cosas. Llegamos desde los nombres hasta las cosas. Cuando nombramos algo percibido nos ubicamos en otro tiempo y en otro espacio. El espacio y el tiempo de las palabras. Secuencialmente, el tiempo de las palabras es posterior al tiempo de la percepción de las cosas, pero la criba de las palabras —para nosotros— es el fundamento de nuestra percepción.

Lo percibido no nos alcanza para dar cuenta del universo —sólo la religión, bajo la creencia, es capaz de lograrlo—, y entonces hablamos. Hablamos para asir algo de eso que se presenta allí, ante nosotros. Caminamos, y en nuestro recorrer reconocemos, o no, que las palabras ni siquiera pueden dar cuenta del todo de la parcialidad percibida. "La palabra mata a la cosa", dice J. Lacan, retomando a Hegel.

Las palabras matan a las cosas en su coseidad de cosas. La muerte, desde este punto de vista, no sería ya una gran potencia destructora sino que podría y debería ser pensada como acontecimiento posibilitador y ordenador de la vida. De la vida humana.

Las palabras matan a las cosas para que las cosas tengan nombre. La muerte introduciría lo discontinuo, lo negativo, "lo que no es". Lo discontinuo instala un vacío, un no-lugar que tiene lugar. La muerte limita. La muerte ausenta. Es la gran figura de la muerte la que, fascinante, no nos deja ver el lugar de lo negativo, que es simplemente ausencia. Digamos entonces: lo negativo limita, lo negativo ausenta. Lo negativo marca el tiempo y da lugar a los tiempos. Lo negativo diferencia. Aquello que, neuróticamente, sentimos y significamos como "Gran Ausencia" sólo "es lo que no es". Y no es no porque no puede ser, sino porque "no siendo hace ser".

Un mundo sin lo negativo sería un "mundo Funes". Sería un mundo sin existencias; sería un lugar, un-sólo-lugar. El lugar de percepción continua, incesante, fulminante. El lugar de la ausencia de vacío, de la ausencia del espacio. Del espacio y tiempo sin blancos o negros. Un lugar pura presencia. Un lugar sin discontinuidad de la conciencia, ya —podemos decir— la nuestra, la conciencia parlante, aun en silencio. Lugar de la fusión del que percibe con lo que es percibido. Léase: lugardelafusióndelquepercibeconloqueespercibido.

Lugar donde no habría Funes. Yo-Funes, sólo estímulo constante, estímulo alienante.

El malestar se nos presenta, entonces, como inherente a la existencia. Siendo lo que se percibe interiormente desde la presencia de una ausencia. Inmanente a la discontinuidad. Cuando llega a nosotros lo sentimos como obstáculo, impedimento, múltiples imágenes de lo negativo, sin la despojada sencillez de la nada. Tal vez pocas veces pensamos que "eso" es precisamente lo que nos hace hablar, lo que nos posibilita pensar, hacer. Ese lugar vacío. Esa ausencia. Esa nada.

El malestar, como las preguntas, es cíclico. Se presenta como dificultad, desaparece aparentemente tras su resolución. Se torna olvidable, se vuelve causable... del futuro malestar. Hablamos, discurrimos, creamos e inventamos en el intento de hacerlo soportable.

El paraíso no existe. Mucho menos "el paraíso de contemplación unilateral sin mácula" de A. Huxley; ese paraíso de bienestar y libertad absoluta es sólo un mito en relación a la locura. No sería soportable la libertad de la percepción absoluta. Nadie podría soportarlo, sino al costo de la disolución yoica. Al costo de la disolución del lugar desde el cual "uno" mira y es mirado. Al precio de dejar de ser sujeto que mira - sujeto que piensa - sujeto que parpadea - sujeto que habla - sujeto que está sujeto. Al costo de dejar de ser sujeto diferente del objeto. Al precio de la ausencia de ser y poder plantearse como tal.

La locura es esa ausencia. La locura es ausencia de olvidos, de tiempos. Ausencia de códigos en común. Ausencia de invención, facilitada por lo que no hay.

La locura es rechazo, no aceptación. Imposibilidad de armar una respuesta. Es tal vez sólo respuesta anticipada. Es horror de ver y no dolor de ser. Es no poder perderse, pues se está perdido de antemano.

La locura son miles de puentes infinitos hacia muchas nadas absolutamente fragmentadas.


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