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CARPINTERO

Juan Monserrat

-Cuento-

Desde que tuve que romper la puerta de mi departamento es que mis vecinos me han dejado de saludar; nunca fueron muy simpáticos conmigo, pero después de todo no era para tanto: quién no ha tenido alguna vez un accidente doméstico, a quién no se la ha roto un plato o un vaso pero lo que pasa es que en mi caso fue una puerta, la puerta de entrada a mi departamento; además fue la manera de romperla, porque no tuvo la prolijidad de un cerrajero que te hace un agujerito mínimo para abrirte la cerradura sino que fue a los golpes, mostrando bien con los golpes que la verdadera razón no era abrir la puerta sino que era la protección: sentir la protección que significa estar de un lado o del otro de la puerta, marcar la diferencia entre la salida a la exposición pública del palier que después te lleva a un ascensor a una calle a un colectivo al trabajo a la lucha a la pelea de todos los días o estar del otro lado de la puerta, del lado seguro de la puerta, que es el lado protector, un refugio donde no entra nadie que yo no quiera; y entonces que me haya quedado encerrado del lado de afuera no es poca cosa, y menos aquel día que había sido el día de los despidos en el trabajo; a última hora habían despedido a cuatro compañeros míos sin ningún aviso y tuve que compartir la hipocresía de un dolor solidario con los desafortunados... en el fondo estaba aliviado de no haber sido yo, porque sino cómo iba a hacer para pagar la cuota del crédito del departamento, cómo explicarle a los dueños del estudio que tenía mi departamento con una hipoteca en el banco y que la pagaba de a poquito, así que cuando volví del trabajo subí corriendo las escaleras (vivo en el segundo), entré apurado en mi departamento, cerré la puerta de un golpe y me quedé apoyado contra esa barrera, contra esa muralla que separa mi intimidad en la que todo vale del espacio donde rigen las conductas moralmente aceptadas; en seguida me acordé que era viernes y que al día siguiente no pasaba el basurero, así que fui a la cocina y preparé la bolsa; salí de nuevo apurado a la selva para dejársela a mano al portero, y cuando vuelvo el terror y la catástrofe porque me doy cuenta de que dejé las llaves puestas del lado de adentro, que mi propia casa me había expulsado y no me dejaba entrar; inmediatamente pasé a la acción y traté de golpear para que cayeran las llaves y probar de recogerlas con el felpudo que tengo a la entrada y que paradójicamente dice "Bienvenidos", pero no podía porque tengo esas llaves de seguridad que no se caen ni aunque rompas la puerta, y la palabra romper se me metió en la cabeza con una fuerza desconocida, porque en ese momento sólo pensaba en romper, romper la puerta para entrar, romper la puerta para abandonar la selva, entrar a la caverna, al refugio cálido que protege de las inclemencias del tiempo, sensaciones que debieron haber tenido los hombres cuando todavía eran medio monos, así que empecé a patear la puerta: patadas con furia, patadas con la punta y con el taco... el quilombo que hacía era impresionante, y los vecinos ni aparecieron porque creo que se dieron cuenta de cómo venía la mano; podría haber pensado en la ayuda de un cerrajero, pero la violencia estaba desatada: ya no me podía parar sino la certeza de haber entrado de nuevo en mi caverna, y yo le seguía dando con la punta hasta que vi que aflojaba el enchapado a la altura del picaporte, y entonces le seguí dando con el puño bien cerrado y con rabia, con mucha rabia por haberme quedado afuera y por casi haberme quedado sin laburo y sin casa, y mientras le daba a la puerta con un ritmo sostenido me acordé de unas vacaciones en Bariloche cuando era muy chico, donde tuve una desilusión muy grande: esa vez me había contado un guardaparque que el pájaro carpintero no hacía agujeros en los troncos para hacer su casa, como yo creía en aquella época cuando miraba los dibujitos del Pájaro Loco, sino que los hacía para sacar gusanos para comer; y de pronto escuchaba un toc toc que no era del pájaro carpintero sino que era mi mano, era mi puño que le seguía pegando a la puerta y que ya había llegado al aserrín del relleno que tienen esas puertas que son medio berretas; alegremente sentía que mi mano tenía un extraño aspecto de pico agudo y filoso y el aserrín que sacaba eran como gusanos que se movían y que impedían que avanzara hasta el otro lado de la puerta, hasta el otro enchapado que tenía que romper para poder acceder al picaporte del lado de adentro, del lado seguro de la caverna, del lado donde me puedo pasear casi sin ropa en verano, del lado donde me puedo sentar a mirar la luna que se ha formado con un halo que anuncia lluvia y que me hace pensar que en otra época eso era tan importante como tener laburo, porque la lluvia hacía llenar la laguna que estaba a la salida de la caverna donde se juntaban los venados a tomar agua y eso era bueno porque me aseguraba la caza por unos días, por unas vueltas del sol o tal vez por menos si tenía que disputar la comida con los vecinos de otras cavernas, disputar la comida para sobrevivir hasta el otro día, hasta mañana, sobrevivir un día más y un día tras otro sobrevivir, sobrevivir y escapar, esconderse de los peligros, sobrevivir y que no te maten y así todo el tiempo sobrevivir hasta el final.

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Revista Con-versiones

 

        

 

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