FRANKENSTEIN
Paula
Jimenez
No
pretendo excusarme; quizás asocio la forma tosca de este relato
con el malestar que me produce remitirme a toda confección forzada.
Algo que se desplaza incómodo con movimientos
entrecortados, que no responde a lo natural sino a lo sobrenatural, algo cuyo
destino se restringe a ser "la obra de" y que desconoce o, más bien,
ignora lo que es poseer un cuerpo con otra lógica. Hay malestar en él, al doblar
una rodilla, hay malestar al girar la cabeza y mirar hacia atrás, hay malestar
cuando los ojos con los que mira son ajenos. Desolado, pide a gritos
identificarse con una especie. No la hay. Su referencia es un creador a secas, y
no un padre. No es igual.
¿Cómo entenderlo? ¿Cómo lograr que la química
de un mono decodifique la de un gorrión?
Es que es miedo y horror lo que despierta la
historia. Se trata de un científico, un apasionado, y de la hechura que asume el
incesante deseo de ir más allá: un monstruo configurado por injertos, con algo
de humano en su sentir. El resultado del ambicioso proyecto es patético: el
doctor ha creado un oprimido, un sufriente, por un desacuerdo con la Naturaleza.
Cuando me interesó pensar sobre "el
malestar en la sociedad", hallé en el rincón de las ficciones a Frankenstein.
Motivos
Mexicanos
Dos vertientes de una historia:
-
La creación asume vida propia y se le
vuelve en contra a su creador.
-
Es un injerto, una figura desarmonizada que
guarda en sí lo que se tiene de humano: Amor y Odio.
En primer lugar, el médico, el hombre de la
novela, nos enseña acerca del doble filo de la creación. Lo creado asume vida
propia y una vez alcanzada va más allá, mucho más allá de su origen. La relación
entre el creador y la creación se rompe en el mismo proceso y hasta la palabra
se nos vuelve en contra: "Yo no quise decir eso. ¿Cómo puede ser?" .¿A
quién reprochárselo? El sentido de lo creado adquiere independencia y así echado
al mundo, cuasi huérfano, es atravesado por lo imprevisible. La sonrisa de la
Gioconda sale del pincel de Leonardo pero sobrepasa ampliamente sus expectativas
y trasciende en el tiempo, a diferencia del pintor.
Algo semejante es lo que nos ocurre a
nosotros, como seres sociales, respecto de la creación que se nos torna hostil:
la Cultura. Su punto de partida es la naturaleza humana y llega a su
punto de realización en algo no del todo humano. El encuentro inesperado con
esto le produce al científico malestar con su creación. Se ha vuelto una amenaza
y —o quizás porque— ya no le pertenece.
En segundo lugar, la sociedad actual se
constituye como cuerpo del monstruo: en el tejido social hay injertos (una clase
convive a la fuerza con otra, el deseo de un individuo choca con el deseo
opuesto de otro u otros). Por un lado, al haber cuerpo, se genera la ilusión
de que es posible la circulación. Por el otro, un principio de realidad la
obstaculiza.
¿Disponemos de un cuerpo social para saciar
nuestras necesidades, o el cuerpo social dispone de cada uno de nosotros para
saciar las suyas?
Sospecho que la respuesta es relativa, porque
la creación lo es: hemos creado eso que no nos es del todo conforme a nuestras
intenciones, que no nos provee toda la felicidad que esperábamos encontrar, ni
el amparo, y que por momentos se convierte en la fuente del sufrimiento y la
frustración. La vida te da sorpresas.
Motivos
Mexicanos
La responsabilidad sobre el símbolo
Se nos devuelve un estar mal que
pareciera retornar desde afuera, pero que está en la génesis misma de nuestras
acciones. Se nos devuelve ajeno, como todo signo lanzado al Universo.
Quizás el doctor no se ha hecho esa pregunta
que Borges formuló en nombre del Rabino de Praga, el hacedor del Golem, y que
funciona como una moraleja: "¿Qué he dado en dar un símbolo más a la
infinita serie?". ¿Qué ha dado Einstein cuando su creación cayó lejos,
lejos de su intención y se metamorfoseó en la muerte de Hiroshima? Es probable
que no lo imaginara.
De todas maneras, hay una otra cierta
responsabilidad sobre la producción de símbolos, mucho más al alcance de nuestra
conciencia, cuyos resultados nos es posible prevenir. No es igual un
científico en su laboratorio, experimentando con la amoralidad de la Naturaleza,
que un tirabombas actuando desde la inmoralidad de lo impune. El respeto a
los otros y a la naturaleza es una vía regia para la disminución del malestar.
¿Nos cuestionamos sobre los signos que cada
uno de nosotros emite deliberadamente a la sociedad? Hay grados, niveles de
emisión que supongo proporcionales al bienestar y al malestar.
El fin
En épocas como esta, en que
predomina el malestar, es cuando más solo se encuentra el monstruo,
cuando más sabe de su rara e incómoda forma y cuando más siente
el peso de sus desconectados miembros. El propio cuerpo se ha
transformado en la doble amenaza: para sí mismo y para su creador.
Hacia ellos dirige las pulsiones de vida y de muerte. Contra ellos,
el amor y el odio que heredó de lo humano. Entonces sobreviene,
se precipita un violento final, que funciona a su vez como un
límite al sufrimiento. ¿Ficciones?
Revista
Con-versiones
|