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PINTOR
Miguel
Angel Ronsino
José Luis Avigliani
En
tiempos en que todas las manifestaciones artísticas pasan por el
tamiz de un mercado dominado por la cultura fashion —marcada
a fuego por el ritmo frenético de la moda y sus plazos—, la aparición
de un artista argentino que no se siente atado a estos mandatos,
sienta tranquilizador.
Miguel Ángel Ronsino (29 años) acredita
como última chapa de presentación un trabajo que, sin embargo, no pasó
desapercibido para el mercado de la pintura en Argentina.
La muestra de marras se llamó "Animal" (septiembre-octubre 1996) y transportó
a otro mundo no sólo a los visitantes de la exposición sino al propio Ronsino.
"La serie con animales surgió un día en que me levanté y dije: 'Ya estoy
podrido de pintar cuadros que no entiende nadie. Que la gente me diga "Qué
loco...". ¡Qué loco las pelotas...! Yo no quiero pintar cosas raras'",
dispara. "Me gustaría que me dijeran '¡Qué lindo este ciervo!'. Ahí
fue cuando me decidí a pintar animales, y me di cuenta de que se iban a
terminar todos los problemas, porque iban a ser animales y no otra cosa".
El pintor recordó, con una mezcla de
nostalgia y alegría, que cuando comenzó a pintar los cuadros que derivarían
luego en "Animal", tuvo la sensación de que no perseguía pretensiones
desmedidas.
"Cuando empecé a pintar me di cuenta de que no tenía grandes pretensiones:
yo quería pintar animales con un entorno que podía ser un paisaje".
En ese momento, Ronsino pensó que no era
tan importante que un artista dijera grandes cosas a través de su trabajo, o
que va a llegar a un determinado grupo de gente, o que va a provocar algún
cambio.
"Porque soy pintor", agrega, "con ese trabajo me divertí, y de
alguna manera recuperé el gusto por pintar". "A eso yo lo llamo estar muy
despeinado y desprolijo: es no tener ninguna pretensión y después
contemplar lo que pasa. En ese momento, uno es de verdad", reflexiona.
Al mismo tiempo, Ronsino arriesga:
"La serie de los animales de algún modo rescata y apunta a la clase media.
Ya sea por la estética, por los colores, por como está tratada la forma de los
animales, de la vegetación". Piensa que esa obra fue como un "rescate
emotivo" porque, en realidad, "la clase media no me va a comprar ningún
trabajo. Dentro de diez días no va a existir más esa franja de la sociedad",
apunta.
"Estoy convencido de que esta serie de
trabajos, ahora que la clase media está desapareciendo, se convertirá en un
rescate del gusto que tenía.
"Yo mamé toda esa estética de chico, ya que mi viejo veía algo que brillaba
y se volvía loco, le encantaba. Es por eso que toda mi casa era brillante",
recuerda.
Para el artista, aquel gusto remitía a una
forma en que los cuadros presentaban un brillo artificial, prácticamente igual
en todo el recorrido de las formas y sin un trabajo de luz focalizado.
"Todo esto lo hace un poco creíble, y me hizo pensar que podía convertirse
en una punta interesante para llevar a cabo un recupero de ese gusto que de
alguna manera sigue", señala.
En su pequeño taller de Mataderos, donde la
paleta y los cuadros conviven con una modesta cocina, una pava y un mate,
Ronsino recuerda que él no planeó para nada una serie de cuadros cuando pensó
"Animal".
Uno de los trabajos que conmueven más a Ronsino lo pintó en compañía de un
vecino. "Es un mecánico que vive al lado de mi casa. El tipo me cebaba mate
y me guiaba. Me recuerdo trabajando en la tela y con el vecino al lado que me
decía 'acá ponele una cascada', y le puse una cascada. El cuadro lo
pinté yo, pero lo hice con un mecánico: ahí cambié.
"En otro momento me hubiera vuelto loco, y
no quiero pensar en la calentura que me hubiese agarrado si un tipo me decía
lo que tenía que hacer en una tela.
"Por ahí tiene que ver con ese gusto por volver a 'pintar', a
disfrutar de una forma, o a tener el derecho a emocionarse con un '¡Qué
lindo ciervo pintaste!', que el artista recurre al pasado y recuerda que
alguna vez pensó que se podía cambiar algo a través de sus trabajos".
"¿Sabés una cosa? Uno no puede estar vomitando todo el tiempo y no procesar.
Porque así [la obra de arte] se convierte en un grito pelado tuyo, que no le
importa a nadie. Yo estoy insertado en el mundo y veo que hay gente que se
caga a tiros, que hay gente que se caga de hambre, que hay gente muy
bondadosa, honesta, hija de puta".
En ese sentido, Ronsino afirma que si
trabaja sobre lo que a él le pasa "el cuadro sólo me va a importar a mí, o
a mi mujer, y a nadie más.
"De uno u otro modo, el artista tiene que saber filtrar sus rollos, sus
borras, sus mugres personales, y de esa manera evitar que el cuadro se
convierta en hermético".
Por otra parte, Ronsino asegura que en
Argentina "hay gente que tiene un pie en el ciberespacio y hay gente que no
tiene espacio. Por eso mi intención es armar una fortaleza para tener un
espacio donde poder desarrollarme, hacer pie, y desde ahí poder lanzar mi
obra. En una palabra: armarme todos los días como persona".
Respecto de la moda frenética que aniquila a algunos pintores y a cierta edad
los expulsa del sistema, Ronsino aclara que él no se quiere apurar. "Es
más, yo no quiero pintar quinientos cuadros y que después se los tengan que
repartir mis nietos, mis hijos, mis sobrinos, y que digan: 'Este viejo
pelotudo me dio el cuadro, ¿y ahora dónde lo meto?'.
"A mí me gustaría que los cuadros no se me
mueran. Fantaseo a cada rato con la idea de encontrarme con cuadros que ya
había dado por perdidos".
Esa posibilidad atrapa al artista. "Me pienso veinte años mayor y, viendo
todos mis cuadros para atrás, hago un reconocimiento de mi cara".
¿Y cómo? "Así", explica Ronsino. "Cada trabajo es un punto en el
espacio; todos esos puntos son una línea, y cada dirección y cada momento de
la vida forman ángulos. Eso es un dibujo, y sería bueno verlo".
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