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LO BREVE

Vanesa Guerra

 


Redon (Frag.)



Trampas del acto creativo: del síntoma al arte  

"Si hay una flor que abre una única noche,
no por eso su florescencia nos parece menos esplendente"
Sigmund Freud, 1915

En un universo que soporta y sostiene millones de años en existencia, la breve vida de un humano podría pasar inadvertida.

Sucede que el cosmos guarda sus secretos, mas lo poco que de él puede conocerse nos deja absortos. Quizá la belleza insista a través del tiempo, pero el tiempo con su paso insiste sobre lo humano y nos convierte en un lívido instante en las repetidas y milenarias noches del universo.

El hombre ha quedado despojado de la Gran Participación: no somos eternos, ni sabríamos serlo. Hay mucha belleza que no hemos visto, y mucha que no veremos jamás. Insisto, la vida es breve ante tal comparación.

Será por eso que lo humano arrastra una inquietud; no sólo la de una muerte anunciada (signo y sello del ser mortal) sino también, la de aquello que continúa sin él y a pesar suyo.

Mientras tanto, el universo proseguirá su marcha.

El germen de esta certeza habita en cada uno y cuando el contacto con esa verdad resulta insoportable, el hombre crea.

Crea y siembra algo en esa vida que le tocó -y eligió- en suerte.

Claro que, a la hora de crear, no sólo plantará un árbol, escribirá un libro o tendrá un hijo. Por cierto, puede producir extrañas equivalencias y plantar un hijo o dañar un árbol amado tallando una profunda pena en su corteza.

Es que lo humano está dolido en su brevedad, y la posibilidad de crear oscilará entre lo bello y el manotazo sintomático para protegerse de algún modo.

El hombre crea para salvarse, pero muchas veces, sin saberlo, sólo puede crear barreras e imposibilidades que lo hunden en la engañosa eternidad de su malestar. Entonces, piensa que ha burlado su condición:

habrá tiempo -dirá- mejor mañana.

Paradoja del día que nunca llega, pues ese hombre ha creado una religión subjetiva y secreta, un artificio donde atesora su oculta fe en la inmortalidad.

El hombre no ha nacido para ser eterno, no obstante adviene al mundo desconociendo tal imposibilidad.

Que el malestar habite lo humano, no es ninguna novedad. Es inherente a la vida misma, y con justicia diremos, que en tanto nos pertenece, también es mortal y breve: acaba.

Ni el todo, ni la nada es materia prima para crear: la vida impone su ley y con ella la breve sustancia que, como un primer trazo doloroso, impulsará al ser en la búsqueda de cierta tranquilidad.

Lo breve de la vida nos deja su huella, inscribe la cifra finita y fatal: una marca que no se diluye como agua en el agua.

En efecto, el dolor de separarse de un cosmos pretendido eterno, es realizar un duelo por los añorados goces de la imposibilidad y la inercia, para recuperar en esa pérdida lo breve que nos habita y nos conforma.

El arte, hijo del duelo, dejará una serena tristeza, es la aceptación última de comprender que el valor de lo transitorio y perecedero es su escasez en el tiempo. Pues somos eso: un flash, una luz que se enciende y se apaga, en la soledad del deseo y en la posibilidad de compartir y hacer lazo social a través de él.

El acto creativo, no sintomático, soporta la muerte, no la burla, mas la embellece.

Digamos que la flor (en mención al epígrafe) también puede abrir a la única noche y hacerla estallar como acto creativo de ese instante preciso en el que dimos testimonio de nuestro breve ser, ante el cosmos.

Para el buen caso, el cosmos también es breve para su medida de tiempo cósmico. Dicen: implosionará.


Enlaces:

Bordese-Ronsino>>> Vanesa Guerra
La transitoriedad>>> Sigmund Freud

 

Comentarios al autor: vmalmsten@hotmail.com

 

Revista Con-versiones, 1999

 

 

        

 

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