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IN MEMORE

Gabriela Carol


" Si mis demonios han de dejarme,
me temo que mis ángeles también levantarán vuelo"
Rilke


Dalí (Frag.)

 

Me encontraba buscando material para redactar este texto cuando, en uno de esos libros que ocupan el rincón mágico de la biblioteca, encontré una frase de Oscar Wilde que quisiera compartir: "Escribí mientras no conocía de la vida. Ahora que la conozco, ya no tiene sentido escribir." Acaso, el autor haya dicho esto en un mal momento de la suya, -de los que Wilde tuvo muchos-. Lo cierto es que la sentencia me hizo reflexionar acerca de su sentido, dado entre otras cosas que, según Borges, "leyendo y releyendo a lo largo de los años a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tenía razón."

¿Qué pudo haber querido expresar exactamente Wilde? ¿Que escribió mientras era inocente de las circunstancias, o mientras las desconocía o mientras permaneció ajeno a ellas? ¿Habrá sido que este gran dramaturgo no se implicaba responsablemente ante las consecuencias, desgraciadas por cierto, a las que lo llevaron sus actos; o, simplemente fue que su pasión por Douglas, el hijo del Marqués de Queensberry, lo hizo confundir la puesta en escena con la vida?

Como sea, de la vida no se sabe, porque está en constante devenir. De la vida sólo se aprende, pero este aprendizaje no agota nunca todo lo que podríamos conocer de ella. La vida es un milagro de la que podemos hacer un cielo o un infierno y nuestro recordado Wilde supo de ambos cosas. Esas que nos hacen, en algún momento de nuestra existencia, percibir al mundo como un lugar seguro donde habitar, pero que de pronto, como en el cuento del Arenero, se tornan amenazantes y siniestras. Baste recordar que cuando Wilde era sometido a proceso ante la Cámara de los Lores, acusado por el padre de su amante, su obra, La importancia de llamarse Ernesto, era un éxito de taquilla a causa del escándalo.

Si tomamos en consideración el talento de Wilde, llama la atención que allí donde otros encuentran la fuerza para expresarse - es decir, en la adversidad - él haya encontrado su obturación y el sin sentido a la existencia, pese a su gran talento. Sigmund Freud diría que este es el sino de "los que fracasan al triunfar", como si a una parte de nuestro ser le fuera más sencillo conformarse con la caída, que asumir la responsabilidad de ser un exitoso. Claro está, que este es un mecanismo inconsciente, es decir, actuado desde lo que se desconoce. Podríamos aventurar que, aparentemente, Wilde, escribía desde el desconocimiento, pero no de la vida, sino de las consecuencia de sus actos. Así lo expresa él mismo en una carta dirigida a su amante: "Después de haber triunfado sobre mi ingenio, mi fuerza de voluntad, mi fortuna, exigiste, en la ceguera de tu codicia, mi propia vida. La tomaste. En el único momento supremo y trágicamente crítico de mi existencia, precisamente poco antes de mis primeros pasos hacia mi absurda acción, tu padre me atacaba por una parte, con aquellas horribles notas que dejaba en mi club y tú, por otra, con cartas no menos repugnantes ... junto a ustedes dos había perdido la cabeza. Toda capacidad de decidir, de juzgar, me había abandonado. No vi ninguna salida posible, me permito decirlo con franqueza, acorralado como estaba entre ustedes dos. Ciegamente caminé dando tumbos como una vaca al matadero."


Dalí (Frag.)

El real fracaso de Oscar fue, entonces, haber confundido la vida con un ser determinado, al que puso en su centro y lo fusionó con ella. Por eso, creyendo que el ser amado era la causa de su ruina, no quiso volver a escribir. Quizás tuviera razón, teniendo en cuenta tanto las palabras de Borges como la personalidad de Douglas, a quien conociera en 1891 y a quien en sus últimos años describiera de este modo: "Tu eres mi enemigo, un enemigo tan encarnizado como jamás tuvo un hombre. Te había ofrecido mi existencia y la arrojaste por la borda las más bajas, las más despreciables pasiones: el odio, la vanidad, la codicia. En menos de tres años me arruinaste por completo [ ...] Mientras estuviste a mi lado, fuiste la absoluta ruina de mi arte, y por haber dejado que te interpusieras continuamente entre el arte y yo, siento hacia ti la máxima vergüenza."

En fin, la caída de Wilde provocó tanto o más ruido que su éxito. La prensa lo condenó en forma unánime. El editor John Lane sacó sus obras de circulación, borró su nombre de los catálogos y escribió al Time, para aclarar que no tenía relación alguna con Oscar. El empresario George Alexandre, si bien continuó con las representaciones de La importancia de llamarse Ernesto, mandó a cubrir el nombre del autor con una banda negra en las carteleras. Sólo encontró el favor de un crítico de arte, Gleeson White, quien escribió al respecto: "Wilde jamás volverá a levantar cabeza, porque tiene en contra a todos los hombres infames de su época." Yo agregaría que no sólo tuvo en contra a los infames, sino también a los mediocres que juzgaron su obra a la luz de sus elecciones sexuales, que, por otro parte, no puede saberse a ciencia cierta cuan lejos pudieron haber llegado. En sus propias palabras: "El amor que no osa decir su propio nombre en nuestro tiempo es el afecto entre un joven y un hombre maduro, ese afecto sobre el cual Platón sentó las bases de su filosofía y que puede hallarse en los sonetos de Miguel Ángel y de Shakespeare. Es un afecto tan profundo y espiritual como puro y perfecto. Es el amor que no osa decir su propio nombre, porque hoy en día es malinterpretado por la mayoría y precisamente a causa de esa aprensión me encuentro yo ahora en este sitio. Es noble y bello y no tiene nada de antinatural."

Pese a la adhesión del público y de los aplausos en sala cuando recitó este poema, fue hallado culpable durante el juicio que el Marqués de Queensberry le entablara y terminó en la cárcel. Luego sus obras y efectos personales fueron subastados a un precio irrisorio. Pocos años después, Alexandre, que había comprado todos los derechos de autor, lo encontró vagando por París completamente borracho y se comprometió - no se sabe si por culpa o por piedad, muy probablemente más lo primero que lo segundo - en pasarle una mensualidad de 20 libras. Por entonces Wilde escribía: "El fracaso es el verdadero objetivo y la inevitable conclusión de la vida. La muerte no hace más que justificar el fracaso".

Creo que Oscar no fue precipitado a la muerte por otros hombres, sino por algo más intangible. A Wilde lo suicidó el amor tal como lo expresa una carta de Douglas escrita en 1894: "Lejos de ti, mi vida ha perdido todo color, todo sentido. Si de verdad no quieres verme, por lo menos escríbeme para decirme que nuestra amistad está todavía viva." Tal vez haya sido casualidad, pero en ese mismo año se estrenaba Un marido ideal. En tanto, Constance, su esposa, guardaba absoluta discreción con respecto a la amistad de su marido y Douglas.

Oscar Wilde murió un 30 de noviembre de 1899, a la edad de cuarenta y siete años. Douglas se hizo cargo de los gastos del entierro y de las deudas de Wilde. El cuerpo fue sepultado el 3 de diciembre en el cementerio de Bagneaux. El joven Douglas, Lord de Inglaterra, presidió la ceremonia, que reunió tan solo a diez personas entre las que se encontraba Constance.

A un siglo de su muerte, evocamos a Wilde y a su silencio frente a la escritura después de que hubo "conocido de qué se trata la vida". Con frecuencia me he referido, en otros espacios, al acto de escribir, pero creo que nunca he hablado del acto de abstenerse, de dejar abierto el dialogo tras una coma o unos puntos suspensivos, que casi siempre, nos devuelven la metáfora. Creo que el corte, en tanto espacio vacío, instala el silencio que engendró la palabra, esa que, si huera encontrado las fuerzas, podría haberlo salvado del derrumbe.

Los invito, entonces, a hacer una pausa ante la obra de Wilde, pero no en la certeza de haber conocido algo de la vida, sino desde la incertidumbre de que, quizás, aún no hayamos aprendido nada de ella y eso sea lo que nos permite seguir escribiendo.

 


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