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SOBRE UN NIÑO QUE SOÑABA* 

Luciana Prato

 

"Porque sueño, yo no lo estoy
porque sueño yo no lo estoy
porque sueño no estoy loco"



Marchi

Dice el niño, es su credo. Repite esta frase como una oración al ángel protector de los sueños. La repite como una consigna que quiere hacerla carne para defenderse del germen de locura que habita a su familia. La repite una y otra vez. Para diferenciarse de los demás, para reafirmar su identidad. Para no olvidarse de soñar, porque tiene la certeza de que esa es la única salvación para alejar de sí esa célula sobrante, que dice, ha germinado en el cerebro de todos.

Entonces el niño sueña. Crea y relata mundos, los escribe, los forma, les da forma. Y el sueño, su sueño utópico lo protege del mundo de todos los días, del cáncer amenazador de sus padres, de sus hermanos, locos y sumergidos en un espacio chato, desagradable, acorralador. "Me despierto muy temprano. Mi vuelta del campo de los sueños es brutal al entrar al mundo de lo cotidiano". Habita dos mundos, pero no desea habitar ambos. Busca contínuamente la extensión del espacio del sueño utópico. Observa a su familia como personajes extraños, niega su identidad y no se reconoce como engendrado por esos locos.

"Advierto en el vocabulario de los grandes — y ese vocabulario de los grandes es el reflejo de su realidad, ellos ven así la realidad, pero no yo— advierto algo así como un desajuste. Frente a ciertos lugares comunes tengo la impresión de que probablemente la verdad está en lo contrario". Un único mundo conocido, y la imposibilidad de vivirlo, porque no se lo siente como propio. Se percibe algo más allá y es imposible conformarse con el reducido espacio real. El utopista dice no al mundo en que habita, y desea cambiarlo, crear otro espacio, otro tiempo. Quien sueña es ante todo un rebelde, resiste el mundo dado, y esa negativa es la preparación del terreno para la acción de su poder afirmativo, el poder de la utopía que desborda su existencia. El niño rechaza la verdad impuesta por sus padres y se lanza a crear su propia identidad, su propia existencia.

Intuye que la verdad está en otro lado, en la utopía. "Hay un mundo paralelo, permeado, mezclado con el mundo de todos los días, el mundo de la escuela y el mundo de la casa, y yo me muevo fluctuando entre el uno y el otro". Un mundo oscuro, pesado, aburrido, reiterativo, el mundo de lo siempre igual y el otro mundo, el de lo diverso, heterogéneo, el mundo propio, del juego, de lo que desea vivirse. "Empecé a escribir y era casi inevitable que esa permeabilidad se abriera paso"


Marchi
¡La literatura! ¡ Ese es el árbol que sostiene y alimenta la utopía!. En sus ramas crece, su follaje la cuida. La lectura en el niño es la posibilidad de abrirse a otros mundos. Se va del mundo cotidiano a través de los libros, ingresa en nuevos espacios.
Se escapa, se encierra para que el germen de locura no lo alcance, pero en verdad se abre.
Se abre a espacios diversos, al mundo de la utopía.
Y el puente es la literatura. Un lazo que une las orillas de lo cotidiano y el sueño, dos mundos en permanente dialéctica. El niño es nómade, como los que no se conforman con un sólo plano de realidad, con un único sistema de significados. El niño practica el nomadismo entre las orillas de ambos espacios. Lo útil, pragmático, netamente funcional y lo otro. Por las noches, cuando todos duermen y no pueden sorprenderlo, el niño abre la heladera, y allí debajo sosteniendo la puerta con su cuerpo, lee acurrucado junto a la fría luz que ingresa en la penumbra.

No recuerda haber visto leer a nadie en su casa. La lectura es una marca de singularidad en el niño. Incluso tampoco hay libros. El único que llegó a sus manos estaba sosteniendo la pata de una mesa renga, sirviendo como anexo para que la tabla permanezca chata y no se mueva. ¿ Quién podía pensar que esa cosa que sostenía la pata de la mesa era capaz de otorgar tanta libertad a quien se atreviese a penetrar en sus historias? En la casa del niño, nadie. Sólo él.

El segundo momento de la construcción de su utopía es la escritura. Tampoco en su casa se la ejercía. Pero para el niño es la herramienta para crear su mundo propio, para construir la salida de éste que parece ser el único conocido.

Lectura y escritura, dos experiencias vitales para el soñador, dos fragmentos de un mismo amor, de su utopía. Un territorio en el que descubre que hay más vida de la que se puede abarcar, que otros mundos son posibles.

"-- ¿Cuándo vas a bajar de las nubes? Deberías hacer los deberes en vez de escribir pavadas", lo alecciona la madre intentando atarlo al mundo tedioso de los deberes, de las obligaciones, de lo ‘real’ material. Y el niño se aferra al mundo de, para los que no sueñan, las pavadas, las nubes. ¿Y por qué siempre tenemos que andar con las plantas de los pies pegadas al piso? ¿Por qué rechazar la liviandad y el juego de andar por las nubes, incorpóreas, etéreas?

Una mujer morena es su amor, su único amor. Es la representación de la utopía que alimenta su vida. ¡ El amor! ¿ No es acaso cálido amor, bello espacio, blanca luz, la utopía? Cálido cuerpo de mujer que con su voluptuosidad abraza y abrasa.


Marchi
Y alguien más... el domador de versos, un Quijote que lucha contra molinos de viento. Que acompaña al niño en sus sueños, que lo impulsa a seguir creyendo, que lo protege. Alguien que cuida las palabras y las imágenes, los sentires y la imaginación, como un tesoro, como aquello diminuto que vale más que grandes cantidades de espacio, de dinero, de personas, de cosas. Quizás es el ángel protector de los sueños a quien le reza el niño.
Es también un minero, un buzo, un basurero. Alguien que se inmiscuye, que horada la piedra, que se sumerge en aguas turbias, que remueve los desperdicios buscando allí tesoros. Con sus ojos intensos, y la luz del sueño, puede ver riquezas donde otros no ven más que desechos. Quiere defender al niño del abismo de su familia. Entonces: El niño está sólo, pero no tan sólo.

-Sueño y muerte-

Para el mundo de los adultos, de su familia, la presencia del niño es molesta. El soñador no sólo no es útil, sino que estorba con sus propuestas delirantes y sus actitudes raras. ¿ Cómo puede permitirse que viva leyendo cosas extrañas y escribiendo otras más extrañas aún? El utopista moviliza, imprime movimiento a la vida muerta. Incomoda, y además tiene una ligera capacidad para escaparse cada vez que intentan sujetarlo a los lugares comunes que frecuenta la mayoría. El niño se convierte en un riesgo que puede subvertir la autoridad de la casa. Se hace necesario eliminarlo.

Su abuelo intenta ahogarlo en una pileta. "Recuerdo que no me asusté. Soñé con la hermosura del tesoro. A lo mejor era porque ya estaba muerto. Sobretodo recuerdo la blancura de esa luz que vi por primera vez". El tesoro se halla debajo del agua, casi en el límite entre la vida y la muerte y sólo se deja ver por los que se atreven a transitar aguas profundas, territorios subterráneos. Quizás ya estaba muerto, ¿cómo no estarlo si su abuelo intenta matarlo?. Pero el tesoro hace que el miedo se desvanezca, la calidez de la utopía cobija, su luz blanca abre camino en la espesura de la muerte. El sueño defiende, hace olvidar por un momento la muerte (la muerte que es la vida sin la posibilidad del sueño). Y a la vez el sueño puede conducir a la muerte. La intensa pasión del sueño puede llevar a abandonar esta vida, en busca de aquel tesoro.

También se puede pensar en el sueño onírico. En este caso los sueños acercan a la muerte, porque estar dormido es estar un poco muerto. Pero también el sueño onírico protege de la muerte, evita que nos consumamos, permite nuestra vida biológica y psíquica.

Y el niño dice:

"Porque sueño yo no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños. Antes de que me deje el día"

El asunto es que el niño se salva de morir ahogado, pero la vida se empecina en mostrarle su crudeza a golpes. Habitar dos mundos se vuelve más difícil, el puente que une los dos espacios de su práctica nómade, comienza a agrietarse. No hay lugar entre los avasallados para un habitante de las altas cumbres que respira aires puros e intensos. Pero tampoco el niño quiere hacerse un lugar en este cementerio de muertos vivientes.

Debajo de su manta, el niño escribe. Cálido, tras el paño de lana. Pero sus dedos del pie se asoman por una agujero que se abre en la tela que lo cubre como un velo de maya. "Siento que debo abandonar esta vida antes de estrangularme en este agujero". Otra vez la muerte se deja ver, y oscurece el esplendor de la utopía. El mundo que queda del lado de afuera de la manta se filtra y el frío horada su piel. Lo golpea, lo asfixia. Un abismo se abre tras ese agujero y amenaza con engullirlo.

El miedo le impide seguir amando. Teme que su existencia se funda y confunda en la blanca luz del sueño. La defensa de su espacio se hace cada vez más dura, recibe más golpes. Quizás se cansa. La grieta en el puente se hace más profunda, una lluvia más y quizás la madera se pudra. Llueve. El puente se quiebra. El niño debe abandonar el nomadismo, porque no hay más lazo que una ambos mundos. El puente se quiebra, el niño queda del lado del cementerio. Corre tras la utopía, pero ya no la encuentra, la orilla está muy lejana y no puede alcanzarla.

"Porque no amo, porque me asusta amar. Ya no sueño, ya no sueño. Ya no sueño"

Abandona el sueño. Se entrega. Sus carnes que se asomaban de la manta fueron ofrecidas al tedio, al valle de los avasallados. 


Marchi
Sueño y locura — o sueño y lo otro-

El sueño es el reino de lo otro, lo que no tiene lugar en este tiempo y espacio tal cual está ahora, pero a lo que sí le podemos hacer un lugar. Me gusta pensar en los sueños como posibles, como realizables, porque ello moviliza, impulsa a actuar. En quien sueña está implícita la voluntad de cambio de lo que lo rodea. Ofrece su cuerpo para hallar en el reino de la otredad, el tesoro.

La locura, también es parte del reino de lo otro. Es lo distinto, lo desmesurado, lo que no entra en el espacio y tiempo de la realidad como la aprehende la mayoría. Entonces locura y sueño comparten un zona de identidad. Desde diferentes perspectivas, ambos son parte del reino de lo otro.

Para soñar, utopizar, es necesario cierto aire de locura. Pero hay locuras de diferente clase, aroma, sabor. Quizás haya tantas como personas. Y es cierto que hay locuras por las que vale la pena morir, y vivir, hay otras por las que no. Pero ante todo me interesa diferenciar, la locura del niño que sueña y la locura de su familia. Él define a los otros como poseídos por un germen de locura, que el utopista aborrece porque es la locura mediocre del mundo cotidiano, chato. En cambio el soñador es loco pero por buscar un mundo nuevo, por correr tras lo sublime. Por dar un salto más allá, aunque ello implique peligro. El soñador es loco porque una intensa pasión se apodera de su cuerpo y lo transfigura. Busca altas cumbres, aires intensos y extensos.

El niño se defendía con su sueño, sus libros y sus escritos, de la locura inmóvil, chata y muerta de los integrantes de su familia. Y con esas prácticas definía su identidad y trazaba un territorio propio. Pero el miedo hizo que se extinguiese su espacio de sueño y su cuerpo se comprometiera en la grieta de la locura, que quebró el puente. El niño, entonces fue internado en un manicomio. Y su cuerpo desnudo sumergido en una pileta fue analizado y examinado como el cuerpo de un animal anormal en un laboratorio. Atravesaron sus ojos con una linterna médica: la luz de la ciencia. Y en ese cuerpo ya no había misterio, ya no había espacio para el sueño, ya no habitaba la luz de la utopía. ¿Qué otra función tiene el manicomio que el desvelamiento de la enfermedad? Ese niño estaba enfermo y debía ser tratado con la terapia que se aplica en todos estos casos. Se diagnosticó y se clasificó. Y luego se lo ubicó dentro del rectángulo botánico que constituye el psiquiátrico, en el lugar destinado a esa especie de locura. El niño que soñaba fue descompuesto y caratulado. Sólo el médico es quien puede decir la verdad de la enfermedad y quien puede producir la enfermedad en su verdad. Estaba loco, y ese era el único lugar en que podía estar: encerrado en el loquero, con el resto de su familia.
 


Marchi
El dejar de soñar hizo que su locura mutase, de la del utopista soñador a la de la pesada carga de los que no pueden zafar de este mundo tedioso. Pero el niño tenía la sensación de que esa locura mortal ya estaba de algún modo en él, le era familiar.
Y quizás por eso se defendía con sus versos exorcistas.

Algo había sucedido por fuera, para que abandonase sus sueños, pero intuía que algo también venía comiéndolo por dentro, y ahora él se había entregado.

En su locura primera él se sentía dueño de la vida, y en cambio ahora alimento engullido por la máquina de muerte que es una realidad sin salida ni escape. Pero alimento que ni siquiera es sujeto. Su subjetividad quedó del otro lado de la grieta que dividió ambos mundos. Se fue con el sueño, tras la manta. Ahora el niño es sólo carne muerta deglutida por el abismo.

 

* El texto se basa en una interpretación de la película de Jean Claude Lauzon, Leolo. Se utilizan fragmentos adaptados de una entrevista a Julio Cortázar.

Con respecto a la cuestión del hospital neuropsiquiátrico se consultó Michel Foucault, La vida de los hombres infames.

Las ideas en torno a lo sublime pueden encontrarse en Michel Onfray, Política del rebelde.

En relación a la grieta, Raúl García, La anarquía coronada.


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