|
De
príncipes y azules
Alex Ferrara
Por las sendas
del camino de la heroína, una ya ha visto más de un príncipe autodenominado
azul, más de uno consagrado con la cinta azul de la popularidad, más de otro
prometiendo azul cobalto y oro como el Sevres o concentrado en el chakra
azul del espíritu. Un verdadero muestrario de tonalidades azules a
disposición de una, que ha elegido - y mal - tantas veces. Príncipes que
destiñeron al primer lavado, aún
usando los mejores jabones y cremas de enjuague; príncipes que no tenían de
azul ni lo blanco del ojo; príncipes que no sólo carecían de la más delgada
capa azulina sino que no habrían llegado a príncipes ni compitiendo de a
cuatro para obtener cuarenta principados de premio.
¿Se
ha desilusionado una por tamaña frustración? Quizás.
¿Ha
dejado por ello una de proseguir por las sendas del camino de la heroína en
busca de ese brillo azulado en la piel dorada de un príncipe œnico,
insustituíble, signado por la vida y el destino para placer y felicidad de
nuestra vida? Decididamente, no. Una no ha hecho más que equivocarse para
dejar de hacerlo. Una ha llorado para limpiarse, y se ha caído para ponerse
otra vez de pie. Que no podría una llamarse "heroína" si abandonara su
camino y su propósito al primer traspié!
Así es que habiendo aprendido que el mero enamoramiento tiene mucho de
miento, habiendo lavado príncipes para consignar si pasaban la prueba del
azul, habiendo llegado y partido más de dos o tres veces, lo que una ha
hecho en el transcurso es precisar los contornos, cotejar las diferencias, y
todo para conectarse con el propio deseo: ese deseo de ser feliz en
presencia de lo que en verdad se quiere para una. Una ha empezado a
describir y comprender qué tonos de azul no le apetecen, qué principados no
habitaría ni loca que estuviera, qué caballos blancos no montaría ni
disfrazada de princesa azteca. Es ahí cuando mirando atrás una descubre en
un abrir grande de ojos y con el aliento contenido, que ninguno de los
príncipes visitados era el propio y que es preciso seguir.
Los príncipes verdaderos - que puede llegar a ser cualquiera que
encuentre a su princesa adecuada - a veces aprenden. Cuando un príncipe
crece, a veces también encuentra la poción mágica que le
permite ser azul como el Mediterráneo a los ojos de una. Entonces
una llega, casi sin darse cuenta, quizás en una segunda o tercera
visita casual por una comarca conocida, y de pronto le parece ver
un destello de añil en la mirada, un azul de Sajonia, de Prusia
o de Turquí en la mano, un tornasol verdeazulado en la brisa que
acompaña al príncipe... Las aguas interiores se aquietan y tiemblan,
los poros del alma se expanden, y mil sonrisas se abren como magnolias
en el cuerpo. El príncipe es todo él, misma esencia que una, mismo
fuego, mismo azul. Una tal vez ha llegado a destino.
Revista
Con-versiones
|
|